Feminismo

La otra que eres se desea otra

By 8 Septiembre, 2019 No Comments

Crónica literaria de ficción de una mujer que responde y lee los resultados de la 7º Encuesta de la Rebelión del Cuerpo sobre Imagen Corporal y Estereotipos de Género.

 

Natassja de Mattos

Comisión de Investigación de La Rebelión del Cuerpo

 

Una mujer joven en Santiago de Chile despierta y se despereza lento. Se levanta y lo primero que hace, de manera automática, es acomodar la ajada polera y el pantalón pseudo deportivo que usa de pijama. El movimiento automático para acomodar las ropas evidencia que el objetivo es esconder, tapar, acomodar. Subir el pantalón un poco más arriba para que no corte el cuerpo justo ahí donde hace que un probable (o inexistente) exceso de grasa se vea más prominente. Bajar la polera para que no quede al descubierto “un abdomen poco trabajado, por no decir blando, por no decir flácido”, como ella lo piensa. También para no airear ese bultito lateral al que le llaman ¿rollo del pan?

En la habitación no hay nadie más que ella, pero todo el trámite de acomodación de ropa es intuitivo, un estándar del momento de ponerse de pie cada mañana, no se piensa ni se cuestiona. Se hace. Se pone las pantuflas torpemente, de hecho no se las pone del todo, ambas quedan chuecas, pero hacen posible movilizarse sobre ellas. Se dirige a la cocina y elige el desayuno racionalmente porque ella debe, y ya sabe muy bien que debe, desayunar tal y cuál cosa, y jamás nunca esa otra. Luego va a la ducha y se desnuda dando saltitos en un pie, dejando el pantalón pseudo deportivo absolutamente contorsionado y regado en el suelo. Cuando logra completa desnudez se mira en el espejo y, también de manera automática, se fija en ciertos puntos específicos. La prominencia de un abdomen, lo que  sobra en un par de piernas, el volumen de unos brazos, la flojera de ciertos músculos… La observación dura poco y se mete a la ducha corriendo la mirada como quien se decepcionada o se avergüenza, cerrando los ojos con violencia y sacudiendo la cabeza, como quien se quita una araña de los cabellos. Pero se quita, en realidad, una imagen.

Vestirse, otro cuento ¿para qué entrar en detalles? Una vez en el metro, absorta en la pantalla de su celular, revisando el inicio de Instagram se encuentra con unas cuántas cosas, por lo bajo, tendenciosas. Una mujer perdió 10 kilos en poco tiempo gracias a un costoso libro que contiene un plan de ejercicios y dieta, se llama algo así como “Bikini body”, otra que se graba a sí misma con dificultad mostrando su rutina en el gimnasio, otra que tiene más kilos de selfies que de cuerpo, alguien que celebra el “revenge body” de Irina Shayk… Mira a su alrededor, y para ser honesta, se fija inevitablemente en lo que visten las mujeres a su alrededor para, un microsegundo después, observar más bien las formas de sus cuerpos. Envidia a la que puede tranquilamente vestir ajustado, contemplación a esa cintura que ella ya querría tener, juicio a la que muestra más de lo que debería. Se topa también con su reflejo en la puerta del metro, lo escanea todo con alto juicio y, a grandes rasgos, aprueba. Hoy lo hizo bien, se ve bien, puede caminar con la frente en alto.

Está ahora a una micro de su trabajo. Más por deber ser que por deseo, saca un libro de la cartera e intenta leer un poco. No lleva nada, ¿qué? ¿dos o tres páginas? Y una frase le levanta la cabeza. Le levanta la cabeza y le pierde la mirada. La frase, de Alejandra Pizarnik, dice: “Te deseas otra. La otra que eres se desea otra”. Se le movió algo, pero no por mucho tiempo, volver al celular es muy fácil, guardar el libro también. Feminismo incipiente de mujeres en masa, algunas más radicales que otras, alguna amiga feminista le mostró La Rebelión del Cuerpo y sigue su cuenta de Instagram, están haciendo una encuesta: 7º Encuesta de La Rebelión del Cuerpo – Imagen corporal y estereotipos de género. Decide contestarla.

Una de las primeras preguntas le incomoda: ¿Qué figura se asemeja más a tu silueta? Mira la escala, se mira a sí misma, su cuerpo sentado, que se le hace desparramado en el asiento de la micro. No sabe, quiere seleccionar la silueta que se encuentre lo más al centro posible, porque sería lo ideal ¿no? Pero la del centro es definitivamente más delgada que ella, piensa. Marca rápido y sigue. Se pone peor: ¿A qué figura te gustaría parecerte? Ahora la del centro le parece más ancha de lo que realmente quisiera. Nuevamente marca rápido y continúa.

Una pregunta abierta, “por la mierda, ya, a ver…” ¿Cómo te has sentido con tu cuerpo en el último mes? Mira por la ventana, ve la ciudad ocurrir en su frenesí matutino, ve muchas mujeres, les mira los cuerpos y se pregunta ¿cómo se sentirán ellas con sus cuerpos en el último mes? ¿Cómo me siento yo? Recuerda su fugaz encuentro con el espejo por la mañana. Cómoda no se siente, eso lo sabe, pero ¿cómo se siente exactamente? Responde alguna evasiva y continúa. Cuando termina la encuesta en realidad siente que fue honesta, pero que parece que su honestidad tiene algo de Pizarnik. Me deseo otra, la otra que soy se desea otra.

Rápidamente la rutina hace con ella aquello que está diseñada para hacernos a todas y todos, entonces se olvida de todo ese cuento. Encuestas, siluetas, espejos y Pizarnik quedan atrás y la Tierra sigue girando. El tiempo pasa porque los relojes así lo dicen, pero en Instagram el tiempo se congela, pasó más de un mes y ella está mirando el inicio de Instagram: otra dieta, otro libro mágico, otro revenge body, otro challenge, otra rutina de gimnasio… El libro en el que salía la frase de Pizarnik no era de Pizarnik. Era de otra mujer que citaba a Pizarnik (permítaseme la reiteración, me gusta su apellido tanto como su escritura). El libro que ella leía era de Gabriela Wiener, peruana, y se llama “Llamada perdida” editado por tercera vez en 2018 en Santiago. Con todo ese tiempo de desfase, yendo de su casa al trabajo se le ocurrió, de nuevo por un deber ser, tratar de continuar el libro, pero justo antes de hacer el cambio entre su celular y el libro, le salta a la vista que han salido los resultados de la encuesta que respondió en aquel entonces. Curiosidad despierta, se dispone a revisarlos.

La mayoría de quienes respondieron fueron mujeres, lee, un 89%. Claro, piensa. Luego, un 80% de ellas dijo que le gustaría tener una silueta más delgada, igual que ella. De todas formas, piensa, 80% le parece poco, hubiera asegurado que sería más. Un 16% de las encuestadas coincidió en la imagen que perciben de sí mismas y la que desean, le dio gusto, le llamó la atención, pero sintió algo de envidia, ya quisiera ella sentir esa conformidad. Los mismos resultados lo dicen, reflexiona, los criterios para evaluar el propio cuerpo son el peso y la gordura. Se detiene un segundo en las respuestas a esa pregunta abierta… una mujer respondió “me siento asquerosa y gorda”, otra responde que se siente “muy mal, todos los días pienso en que debería tener otro cuerpo”. ¿Es eso lo que escribí yo? Se pregunta. Ya no recuerda, pero perfectamente pudo ser ella. Es más, pudo ser Pizarnik, porque se desea otra y la otra que es se desea otra. “Todas somos Pizarnik”, pensó, y para la suerte de la misma Pizarnik no alcanzó a ocurrírsele convertirlo en hashtag y subirlo a una historia de Instagram.

Volvió a tomar el libro de Wiener, con poca seguridad porque los resultados de la encuesta la habían dejado pensativa, nuevamente con la mirada perdida a través de la ventana de una micro. Pero ¿qué le sorprendía tanto? ¿no era eso predecible para ella? ¿no era así como se sentía ella? ¡Sorpresa! Muchísimas otras se sienten como ella y, en realidad, eso también lo sabía. Se dispone a leer, es inaceptable que tenga el libro hace casi dos meses y lleve ¿cuánto? ¿tres o cuatro páginas? Empieza a leer, esta vez avanza, pero de pronto una cita le eleva la cabeza y la deja pensativa, con la mirada perdida mirando por la ventana de la micro, otra vez. Decía:

“La voz interior es siempre un recuento de catástrofes y barroquismos: mis dientes torcidos, mis rodillas negras, mis brazos gordos, mis pechos caídos, mis ojos pequeños clavados en dos bolsas de ojeras negras, mi nariz brillante y granujienta, mis pelos negros de bruja, mis gafas, mi incipiente joroba y mi incipiente papada, mis cicatrices, mis axilas peludas y abultadas, mi piel manchada, pecosa y lunareja, mis pequeñas manos negras con las uñas carcomidas, mi falta de cintura y curvas traseras, mi culo plano, mis cinco kilos de sobrepeso, los pelos hirsutos de mi pubis, el pelo de mi ano, los pezones grandes y marrones, mi abdomen descolgado y estriado. El tono de mi voz, mi aliento, el olor de mi vagina, mi sangre, mi fetidez. Y aún me falta hacerme vieja. Y descomponerme” (Wiener, 2018, p.16).

Se quedó paralizada, le costó pero se dio cuenta de que tenía que bajarse ya de la micro y empezar la rutina. Pero no dejaba de pensar: “¡Mierda! que bueno que la encuesta no le llegó a la Gabriela Wiener”. Con el tiempo la siguió leyendo y entendió la humorada (y no tanto) sobre la imagen corporal. Se sigue sintiendo de ese 80% que quisiera ser más delgada y definitivamente quiere ser del 16% conforme con su cuerpo, pero por suerte aún no se le ocurrió crear un hashtag que diga #TodasSomosGabrielaWiener (y espero no haberlo creado yo como consecuencia de esta crónica).

 

Referencias

La Rebelión del Cuerpo (2019). 7º Encuesta de La Rebelión del Cuerpo sobre Imagen Corporal y Estereotipos de Género.

Wiener, G. (2018). Llamada perdida. Estruendomudo CL, Santiago, Chile.