Feminismo

El trabajo invisible

By 22 Julio, 2019 No Comments

Por Trinidad Bórquez para #ContenidosLRC

 

Tras el Segundo Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, celebrado en 1983, cada 22 de julio se conmemora el Día Internacional del Trabajo Doméstico. Esta fecha busca reconocer las labores que las mujeres realizan, día a día, al interior de sus hogares sin recibir remuneración ni pago alguno por ello. Tanto es así que, muchas veces, se habla de un  ‘trabajo invisible’, ¿pero qué entendemos por trabajo doméstico?

El trabajo doméstico – también llamado trabajo reproductivo o de cuidado – corresponde a todas las actividades que se realizan al interior del hogar, relacionadas al cuidado de éste y de sus miembros. Se considera trabajo doméstico, por ejemplo, desde la compra y preparación de alimentos, la limpieza y el cuidado del hogar, la administración de sus financias,  el cuidado de niños, adolescentes, ancianos, y personas enfermas, hasta la transmisión de valores y creencias. El punto relevante en conmemorar al trabajo doméstico es destacar que es mayormente realizado por mujeres, lo cual trae consecuencias a nivel tanto personal como social. En este sentido, el que el trabajo doméstico sea tradicionalmente femenino no es por azar: atrás de esto hay una construcción social del género femenino que, por un lado, es devaluada socialmente en cuanto tal;  y, por otro, obliga a las mujeres a hacerse cargo de los demás. El trabajo doméstico, valorado y entendido así, pone a las mujeres en una situación de desventaja. ¿Qué consecuencias trae lo anterior?

El trabajo doméstico no es considerado como un trabajo, siendo como una actividad poco valorada socialmente: requiere de poca calificación y carece de remuneración cuando es realizado en los propios hogares. Con todo, el trabajo doméstico se vuelve un trabajo invisible, no remunerado y no contabilizado, siendo una fracción de la economía que no aparece en las cuentas nacionales.

Se invisibiliza la cantidad de horas diarias y semanales que las mujeres destinan a limpiar sus casas, cocinar, lavar ropa y cuidar de otros, pasando por alto la desventaja que esto significa para las mujeres al incorporarse al mercado laboral y a otras esferas del espacio públicos. El tiempo ocupado en labores domésticas limita las posibilidades de trabajar a jornada completa y de disponer de tiempo para perfeccionarse y desarrollarse profesionalmente. Es más, se podría decir que las mujeres empleadas ejercen una doble jornada: trabajo remunerado y trabajo en la casa.

La socióloga colombiana Fabiola Campillo describe esta doble jornada como una encrucijada entre la casa y la calle. ¿Cómo conciliar una vida de doble trabajo? La constante dedicación a la casa y a la familia no sólo afecta la vida laboral, sino que también restringe el desarrollo personal: tiempo para hacer actividades recreativas, realizar ejercicio, salir con las amistades, estar con la pareja, atender el cuidado personal, etc.  Así, se nos presentan grandes limitaciones para el crecimiento emocional, el autocuidado y la salud mental y física, porque estar constantemente dedicadas a otros pone a las mujeres en una situación de vulnerabilidad y precariedad con respecto a los hombres. No es una casualidad que haya tantas mujeres padeciendo depresión y ansiedad, y que además predominen en las cifras de obesidad y obesidad mórbida.

Todo esto se profundiza si ahora hablamos de clase social. A pesar de que la regla general sea que las mujeres se encargan mayormente de las tareas de la casa, no todas cargan con la misma cantidad de trabajo. La mayoría de las mujeres no cuenta con los medios para contratar a alguien que limpie la casa, cocine y/o cuide a los/as hijos/as, además que en gran parte son mujeres quienes son empleadas en servicio doméstico, situación en que llegan a sus propias casas a hacer el mismo trabajo que hicieron en casas de otros/as.

Trabajo doméstico: desigualdad de género

A las mujeres, desde pequeñas se nos cría para que sepamos llevar los cuidados de una casa, lo que se refleja en juguetes de muñecas, cocinas y escobas, mostrando esto como un juego, una actividad que genera disfrute. Pero ¿qué pasaría si habláramos de las tareas de la casa como una forma de trabajo? ¿si se contabilizaran como una forma de producción de bienes y servicios? ¿si fueran valoradas al igual que cualquier otro empleo?

Desde la década de los 80’ que se trata este tema en foros y conferencias pro-mujeres a nivel internacional, pero ¿qué han hecho en concreto los países para exponer esto? Aparentemente, los Estados y el mercado laboral han realizado pocas acciones a favor de la visibilización de la carga que significa el trabajo doméstico para las mujeres. La dispar dedicación que se le da al trabajo doméstico entre mujeres y hombres constituye una forma de desigualdad de género que no se ha acabado ni se acabará mientras no sea expuesta y trabajada mediante políticas públicas y formas de compensación económica.

El trabajo doméstico no una obligación natural de las mujeres, un descanso del empleo, ni mucho menos un pasatiempo o actividad recreativa. El trabajo doméstico es trabajo.