Testimonio

No fui anoréxica ni bulímica, pero sí tuve un gran problema alimenticio.

By 15 Julio, 2019 No Comments

Soy la menor de cuatro hermanos, todos hombres. Desde muy chica, mi familia entera me “enseñó” que “ser gorda” era “malo”: porque “si eres gorda nadie te quiere”, porque “a nadie le gusta la gente gorda”, y que la gordura es “menos aceptable” si eres “mujer”.

Frases como ésas se repetían diariamente en mi vida. Yo desde chica que fui de buen comer, disfrutaba muchísimo lo dulce y lo salado, y siempre había espacio para comer más.

Debido a eso, comencé a subir de peso y, como consecuencia, cada año mi familia más me repetía aquellas frases. Cuando niña, por supuesto, no me influían tanto los comentarios pero todo cambió en la adolescencia. Todas mis amigas crecieron, se volvieron flacas y yo quedé de metro cincuenta. Lo que no tiene nada de malo, pero para mi familia parecía que sí. Ahora las frases eran “si estás gorda y eres baja, peor aún”, “ser gorda y baja es la peor combinación”.

¡Fui el blanco de burlas de mis hermanos por años! Me dijeron mil veces que era una “gorda asquerosa”, “estás enferma de gorda”, entre otros. Cada vez que podían me tocaban mi guata y me volvían a recordar lo gorda que estaba, para ellos era un juego. Al recordar eso se me caen algunas lágrimas por lo doloroso que fue. Mis padres tampoco se quedaban atrás, siempre era tema lo “gorda” que estaba pero de una manera ofensiva.

Muchísimas veces lloraba frente al espejo mirándome desnuda. Mi autoestima estaba muy muy baja pero yo no quería ni podía dejar de comer: me gustaba demasiado. Pedía muchas veces despertar con otro cuerpo, traté de inducirme el vómito muchas veces pero no pude, traté de dejar de comer pero era más difícil.

Hasta que me refugié en el alcohol que de alguna u otra forma me ayudaba a olvidar mi vida y mi cuerpo. Jugué con mi vida a tal nivel que no sé como estoy viva. Hasta que un día tuve que asumir mi problema y tuve una pequeña “rehabilitación” en casa. Sentía que siendo flaca era la única forma de ser feliz.

En esos meses de rehabilitación, me informé muchísimo para bajar de peso de manera sana a tal punto que me convertí en experta. Logré mi objetivo: fui flaca, la más flaca del grupo de amigas, la “regia”, “la estupenda”. Mis amigas me decían que estaba muy bonita, que yo era como el vino. Mi familia estaba orgullosa, comentaban con sus amigos sobre como yo había bajado de peso, que era un “ejemplo a seguir”. Ser flaca parecía ser lo único importante.

Era flaca, sí, pero había un problema: yo aún no era feliz a pesar que tenía el cuerpo que quería. Me miraba al espejo y lloraba porque no me quería: me trataba de “gorda”, me daba vergüenza mostrar mi cuerpo, en los probadores varias veces lloré al ver mi cuerpo desnudo, comprar un bikini era un trabajo mental mayor que siempre terminaba mal y criticándome a mí misma.

Me privé de muchísimas comidas durante tres años. Todo lo que comía, lo contaba. Tachaba en un calendario los días en que había comido “algo extra”. Si comía algo calórico, iba al gimnasio dos veces al día. No me podía permitir estar en la cama reposando porque sentía que engordaba. Como me habían enseñado: “nadie quiere a la gente gorda”.

Me volví obsesiva con la comida y mi cuerpo. Mi cabeza no me dejaba en paz y todo el día pensaba y pensaba en “cuidarme”. Por primera vez comenzaron las crisis de pánico. Ese estilo de vida no era saludable.

Tiempo después me fui de Chile por trabajo y fue ahí cuando siento que me curé. Salí del ambiente tóxico de mi familia que me alagaba cada vez que me veían más flaca y del círculo de amigos que me trataban de “regia” cada vez que me veían. Salí del ambiente que me tenía enferma.

Gracias a ese viaje logré cambiar mi forma de pensar y encontrar el equilibrio que tanto necesitaba. Logré entender, allá lejos, que ser flaca no es “mejor” ni “más valioso” que ser gorda. Que tenemos que cuidarnos pero por salud física y mental y no por estética. Aprendí, también, que lo que opinen los demás sobre mi cuerpo no debe interferir en lo que yo quiero. Finalmente, allá lejos, logré ser feliz con mi cuerpo.

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