Testimonio

Es necesario sanar

Hoy, haciendo mi típico recorrido por redes sociales, me hice consciente de cuán dañadas que estamos las mujeres respecto a la relación entre nuestra imagen y la comida. El problema es mucho más cercano de lo que se piensa porque, contra lo que se cree, el problema no está solamente cuando se llega al extremo sino que en la relación  de la relación imagen corporal/comida en nuestro día a día.

Recuerdo, por ejemplo, que tenía una compañera de trabajo a quien nunca se le veía al almuerzo pero que, una o dos veces al día, iba a comprar chocolates y se encerraba en el baño a comerlos. Luego del atracón, desde afuera, se escuchaba cómo vomitaba. También, recuerdo a otra compañera que sólo comía sopas y papillas y que tomaba mucho café para no tener hambre. Efectivamente, sí, era flaca pero estaba constantemente hablado de su dieta, de calorías, y de lo maravillosa y efectiva que eran estas dietas ‘extremas’. Otra compañera llamaba mi atención porque siempre almorzaba lo mismo: hamburguesas de soya “por las proteínas” y apio porque, según comentaba, no aportaba calorías y, por lo tanto, “no engordaba”. Esta compañera, si bien hacía deporte y parecía sana, era una esclava de su imagen corporal y estaba constantemente preocupada de lo que comía.

En la universidad, recuerdo, una compañera se volvió adicta al gimnasio: contaba las calorías de cada comida y, cuando comía “de más” o tomaba “mucho”, se castigaba con largas sesiones de gimnasio. También, me acuerdo de otra compañera que no comía en público porque un pololo que tuvo le había cagado el autoestima porque lo que sólo se le veía fumando y tomando café.

Me he dado cuenta que, a pesar que he podido reconocer la relación tóxica con la comida de algunas mujeres que han pasado por mi vida, yo misma me siento así: como con culpa, me escondo, tengo una obsesión con el peso y un miedo intenso a engordar más de lo “socialmente” permitido. No puedo disfrutar de mi cuerpo ni de la comida de forma libre porque, incluso antes que me juzgue el resto, yo misma soy mi juez más castigador.

Me da mucha pena que nos hayamos acostumbrado a vivir así, incómodas, preocupadas de lo que comemos, de cómo nos ven los demás, de si hablamos muy fuerte, de si ocupamos mucho espacio, etc. Últimamente he pensado que ser mujeres se siente como cuando tienes una herida por roce y se sale la piel y queda la carne expuesta: te arde, te duele, y te incomoda con cada movimiento, incluso con el agua y el viento. Sin embargo, luego de un rato, aprendes a vivir con ella o, a veces, cambias la forma de caminar para sentirte más cómoda con la herida. ¿Pero qué pasa después? Si la herida no sana siempre sentirás la incomodidad.

Creo que es necesario sanar. Sanémonos del padecimiento de ser mujer, deconstruyamos lo aprendido, y construyamos nuevas bases sobre las cuales nos sintamos cómodas y poderosas. Sanémonos para que nos sintamos sujetos de derecho por el sólo hecho de existir.