Testimonio

¡Pierde el miedo, beibi!

By 13 Abril, 2019 No Comments

Tengo 38 años, pero siempre me he sentido menor. Algunas personas lo han llamado “inmadurez” y, francamente, varias veces me lo he creído. Pero me siento más cómoda confesándoles que mi alma de niña me ha acompañado por mucho tiempo. Al final, la edad está en la mente, ¿no?

Atados con el cuerpo, como muchas, he tenido desde que tengo memoria. Primero, en el colegio, comparándome con el resto de mis compañeras y escuchando que me llamaban “gorda” sin haberlo estado. Hoy miro fotos mías a los 6 años (¡SEIS AÑOS!) y no me veo ni un poquito gordita. A los 8 me cambié de colegio. Mis papás, súper esforzadamente, me mandaron a un colegio “particular-subvencionado”, católico e inglés. Constantemente me decían que yo tenía que llegar más lejos que ellos.

A menos de un mes de haber llegado a cursar tercero básico, la compañera que se sentaba atrás mío comenzó a decirme cosas. Me susurraba insultos en el oído, desde su pupitre al mío. Insultos para mí a esa edad era que me dijeran “negra, tienes cara de gitana, pobre, fea”. Recuerdo que quedé tan pasmada que no fui capaz de defenderme, de decirle que se callara, o de responderle con algo similar. Sentí miedo.

En mi casa, yo era la reina. Recuerdo tardes enteras bailando frente a mi familia la canción de Mijares que decía “Bella”. Ambos, ellos y yo, lo sentíamos así, yo era bella. Lo era hasta el año que me cambié de colegio. Fue un año completo de maltrato que comenzó con palabras hirientes y siguió con golpes si no le entregaba el dinero que llevaba para comprar algo en el kiosko del colegio, persiguiéndome al baño, subiéndose a la taza del cubículo del lado para asustarme mientras orinaba. Ya no quería salir de mi casa, levantarme en las mañanas de colegio era tortura, así que comencé a inventar enfermedades. Veía a mi compañera y sentía pavor: el llanto era instantáneo. Dejé de verme al espejo y la canción “Bella” dejó de sonar en mi cabeza y en la radio de mi casa.

Hoy tengo 38 años y este recuerdo me sigue raspando el alma. Eventualmente mi mamá supo qué pasaba y habló en el colegio, pero en ese tiempo el “bullying” no existía como concepto y fue tomado como “un problema entre niñas”. No recuerdo nada de mí o mis visitas al médico, sólo la sala de espera. Mi mente y el resto obligándome a “superarlo” o a “defenderme” porque “éramos niñas” y “no era grave”, pero nadie tenía esa sensación de caída libre en el estómago cuando veía a mi compañera. Solo yo.

Hace poco situaciones de la vida me llevaron a sentir el mismo pavor: nuevamente con una mujer que si bien no me maltrató físicamente, hizo un buen trabajo de abuso de poder, silencioso, y camuflado. La diferencia es que esta vez y, gracias a años de terapia para mi autoestima, pude identificarlo. Aunque me costó montones, pude frenarlo poniéndole fin a una relación tóxica.

Paralelamente durante mi vida conocí mujeres que no me hicieron dudar en abrir mi corazón y amar con el alma. Y estoy agradecida que esas experiencias no afectaran la visión y la confianza que sigo teniendo en las mujeres.

Paralelamente, descubrí La Rebelión del Cuerpo. Y complementé toda esa pega de años con la misión de volver a mirarme al espejo y sentirme bella otra vez. De ser capaz de mirar esa línea de tiempo y reconocerme vulnerable, guerrera, consciente, y orgullosa de mi sensibilidad, fuerte, y con la voluntad de seguir puliéndome. Porque justamente una mujer maravillosa que tengo el privilegio de conocer, sin conocerme demasiado, leyó ese miedo que arrastro desde pequeña y lo llevó al centro: “pierde el miedo, beibi”, me escribió por WhatsApp. Y miré desde lejos a esa niña que lloraba frente a la presencia de su compañera bully. Y miré a esa adulta que no sabía cómo salir de una relación tóxica. Y miré a esa adolescente que se sonrojaba cuando la saludaba el chico que le gustaba. Y miré a esa trabajadora que se sentía pequeñísima frente a una figura de autoridad. Y miré mi sombra y vi crecimiento, cicatrices, reconstrucción.

Hubo un tiempo oscuro en el que no podía sentir agradecimiento. Hoy miro a la mujer rebelde frente al espejo y el corazón rebosa gratitud.

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