Testimonio

Por esas batallas que lidiamos

By 12 Abril, 2019 No Comments

Nadie sabe lo que hay detrás de cada mirada, detrás de cada corazón, y son esas batallas con las que lidiamos día a día para seguir adelante; nadie lo nota, pero ahí están, se sienten, las sentimos, pero cada uno sabe cómo se siente y qué se siente…sólo quiero que con esto se pueda crear y formar conciencia, construir algo consciente, tener claro que hay mujeres, niñas y jóvenes que mueren día a día a causa de esto, y se oculta, se esconde, no se habla, ni es noticia, porque no vende.

Hoy venia pensando en el metro justamente en eso: en cómo en esta sociedad te enseña a cuestionarte tu cuerpo, te enseñan a cómo encontrarle algo malo, la “pifia” para hacer algo con eso, en cómo te enseñan y se transmite que tu cuerpo – o que TÚ – tienes algo malo, que debe arreglarse o mejorarse, que nunca eres suficiente… y, así, se te va la vida en ello, creyendo que todo lo que te dicen y que todo lo que te muestra es verdad. Nos pasa a todos, inconscientemente está ahí, porque somos parte de esta cultura, porque a la industria le conviene hacernos creer que hay algo en nosotros que está mal y que hay algo afuera que nos va a ayudar a cambiarlo…

Quiero que con esto se puedan motivar a continuar, a seguir a pesar de todo, a dar la pelea sea cualquiera sea la batalla que estén liderando. La mía, a lo personal, fue con la anorexia nerviosa, un trastorno de la conducta alimentaria sobre el que no se habla, que se oculta, y que es ms común y “normalizado” de lo que se piensa y se ve. Se desató cuando tenía alrededor de 16 años, y estuvo presente en mi vida hasta aproximadamente los 28 años… porque sigo en tratamiento pero sé y siento que le estoy ganando y que le voy a ganar. Estoy en tratamiento ambulatorio con psicóloga, psiquiatra, y con nutrióloga. Justo ayer me tocó vivir una situación muy impactante que aún me tiene en shock.

Tenía control con la psicóloga en la mañana, a las 11 am. Ese día la psicóloga llegó un poco retrasada pero, aun así, mantuvo la duración de la sesión y salí como a las 12.30. Me despido de ella y, al salir del box, vero frente a mí a una mujer con la que estuve internada por el mismo motivo. La veo mal, muy mal, como si hubiese retrocedido en su proceso. La saludo y ella entra con la psicóloga. Luego, voy a saludar a su madre. Ella me abraza y me dice que está contenta de verme, de verme tan bien, que soy valiente, y que ésta es una tremenda lucha. Nos despedimos de ella (porque fui acompañada con mi madre), y yo la veo irse llorando. Acto seguido, también me pongo a llorar y mi madre me abraza y me pregunta qué ocurre. Ahí me doy cuenta que me dio mucha pena esa madre. Esa madre que me vio saliendo de la enfermedad, mucho mejor a cómo estuve: al borde de la muerte, con 29 kilos y un IMC de 12, con una desnutrición severa, y junto a su hija en una situación similar, en el mismo estado crítico… pero que sigue igual, que no avanza, que sigue con la enfermedad… sentí cómo esa madre quería que su hija fuese yo y sentí, también, como esa madre quería estar en los zapatos de mi mamá… sentí cómo esa madre se sentía feliz y orgullosa por mi recuperación y cómo, a la vez, esa madre lloraba por su hija, por su estado, y que quizás no había vuelta atrás con ella.

Esto va más allá que una se encuentre gorda o se vea gorda. Todo lo que se ve externamente sólo es eso: la punta del iceberg. Detrás de todos esos miedos y de esa percepción desvirtuada de la imagen corporal, hay emociones, miedos, juicios, patrones de vida que enfrentar y derribar, para que vayan siendo superados, poco a poco, en el proceso. No ha sido fácil… ayer pensaba que es un aprender a vivir de otra forma, de otra manera. Es tener que aprender a vivir de nuevo pero de una mejor manera, con otros recursos y herramientas que todos podemos encontrar y trabajar para salir adelante. Gracias al cielo, al gran espíritu, a Dios, que he tenido el regalo de contar con el apoyo familiar y profesional. Detrás de todo esto está mi papá y mi mamá, mi compañero (pareja, y todo un equipo profesional que me está acompañando (psicóloga, psiquiatra, nutrióloga). No podría liderar esta batalla si no fuese por la colaboración y el apoyo de todos ellos.

Yo pedí ayuda. Yo les dije a mis padres que esto había que abordarlo desde la medicina tradicional porque yo, por mi cuenta, quise superarlo por el camino más alternativo… pero en este cambio también sabía que, en el estado en el que estaba, necesitaba otras cosas. Fui al consultorio de mi comuna, pedí atención en medicina general, y a la doctora le conté mi historia y le pedí la derivación a la unidad de trastornos alimentarios del Hospital Hortwitz porque sabía que ahí atendían a las personas con mi diagnóstico. Había lista de espera. Si no me equivoco, esperé 3 meses para que recién me hicieran el ingreso y la evaluación. Pasó el tiempo y llegó el día de la evaluación profesional del hospital psiquiátrico. La respuesta fue radical: “tienes que hospitalizarte”. Me hicieron una derivación de URGENCIA al Hospital San José, que era el cual me correspondía por mi comuna. Con mis padres nos fuimos directo. Estuve todo el día y toda la noche ahí. Me dijeron que no me iban a hospitalizar porque yo no estaba con riesgo. Les cuento: tenía un IMC de 12 y 29 kilos de peso a mis 29 años. Estaba en un estado de desnutrición severa y eso no era urgente.

Desde ese día, y hasta hace unos meses atrás, ya sentía miedo: miedo a que me ocurriera cualquier cosa porque sabía y sentía que estaba en riesgo, que en cualquier momento algo me podía ocurrir, o que me iba a morir… no sabía si al día siguiente iba a despertar o no. Luego de un mes, intentamos hospitalizarme de nuevo y la respuesta fue la misma. Me sentía muy mal, sentía mucho miedo y angustia, sentía que no tenía apoyo, que no tenía solución, que nada podía hacer. Me sentía perdida y atrapada: quería ayuda, pedí ayuda, y me la estaban negando, dos veces. Ese día llegué a mi casa a llorar y les dije a mis padres que ya no quería saber más de temas de hospitales ni de hospitalización, que fuera lo que Dios quiera…

Fui a una evaluación a la Universidad Adolfo Ibáñez pensando que ahí podía encontrar alguna solución o respuesta ya que tienen una unidad especial para los trastornos de la conducta alimentaria. Me evaluaron y la respuesta fue la misma: “tienes que hospitalizarte”. Le pregunto a mi padre si tenía los recursos, sabía que mi padre diría que “sí” aunque no los tuviese, a lo que la psiquiatra respondió: “ella tiene que hacer reposo absoluto hasta el viernes. El viernes se hospitaliza en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile”. La evaluación en la universidad fue un día martes. Ese mismo día en la noche nos llamó la psiquiatra y nos dijo que esta lista la hospitalización, que el viernes tenía que estar antes de las 8 AM allá. Llegó el día y, efectivamente, sí, me hospitalizaron pero no por ley de urgencias así que comprenderás que tenemos que pagar dicha hospitalización.

Estuve un mes y medio en el hospital, con alimentación por sonda y por boca. En ese proceso fue fundamental el apoyo del equipo y todos los que me fueron a ver. Fue un proceso muy duro, muy duro, fuerte. Había días que sentía que ya no podía más, o que no quería seguir, que quería rendirme. Luego, con el pasar del tiempo, fui mejorando a nivel nutricional. Cuando ya había salido un poco del riesgo, me trasladaron al hospital psiquiátrico para continuar con el tratamiento. Allí estuve otro mes y medio más, con mujeres en otras situaciones de salud y otras con mi mismo diagnóstico: dos más de mi edad y tres más que eran jóvenes, de 15 o 16 años. También, el tiempo ahí fue difícil… ya era mucho tiempo encerrada y fuera de casa. El día 23 de agosto, un día antes de mi cumpleaños, me dieron el alta con la condición de continuar con el tratamiento ambulatorio con el cual sigo hasta hoy: dos veces a la semana con psicóloga, una vez al mes con la psiquiatra, y una vez al mes con la nutrióloga.

Casa, cansa mucho. Hay días difíciles, en que quiero tirar la toalla, en que pienso en que no quiero seguir o que no quiero más. Pero, ¿sabes?, miro en los recuerdos de los meses pasados, todo lo vivido, veo a mi familia, a mi compañero, a los profesionales, y digo: “no, tengo que seguir, quiero seguir”… y en eso estoy. Luchando día a día, batallando día a día para salir de ésta, para que todo el esfuerzo valga la alegría, y para sentirme orgullosa que pude lograrlo, que pude salir y ganarle a la enfermedad.

No es fácil ganarle a los pensamientos de esta enfermedad. No es que se hayan ido del todo: siguen estando ahí, ahora en mucha menor medida pero, cuando aparecen y pese a lo incómoda que me hacen sentir, SIGO ADELANTE. Sigo adelante a pesar del miedo y la incomodidad, a pesar de las palabras feas que aparecen en mi cabeza, a pesar del juicio y de las críticas que llegan… porque creo en una vida distinta, sin la enfermedad, sana, gozando de esta vida y de mis fruto, de un proceso larguísimo que me ha dejado mucho y del cual he aprendido muchísimo. El amino me recuerda que no quiero volver atrás, que quiero seguir avanzando, superando etapas, dejando cosas atrás y cerrando procesos, que quiero dejar de repetir patrones autodestructivo. Asumo que aún me siento incómoda por mis cambios corporales porque – gracias a Dios, al cielo, al gran espíritu –he ido avanzando y evolucionando física, psicológica, y emocionalmente. No digo que no me sienta “gorda” o “ancha”, o “incómoda” con mi nuevo cuerpo y con mi nueva forma pero ¡NO IMPORTA! Voy a seguir a pesar de toda incomodidad porque ya ha sido suficiente: yo elegí vivir, no quiero morir, quiero vivir y aquí estoy, viviendo…

Quiero ser esta voz en ustedes, esa voz que aparezca cuando vengan los pensamientos de la enfermedad, esa voz de la que ustedes se acuerden, la voz de esta historia, y que quieran salir de esto, superar la enfermedad, y ganar la guerra o la batalla. Esa voz que les recuerde que ustedes gobiernen en su propia vida y que ya no gobierno la enfermedad. Esa voz que aparece para que sean ustedes las gestoras y creadoras de su vida y que ya no aparezca la voz enferma que viene sólo a infundir miedo. Quiero que otras mujeres, niñas, jóvenes no pasen por lo mismo, que no lleguen al extremo al que yo llegué o al que tuve que llegar para reaccionar. Quiero poder prevenir todas esas situaciones y, así, evitar muertes, pérdidas de vida en todos los sentidos de la palabra…

Esto es una lucha no sólo con una misma sino que, también, contra todo un sistema cultural y comercial. Una lucha con todo aquello que está en nuestro inconsciente y en el inconsciente colectivo que todos y todas compartimos. Es derribar todas esas creencias que nos hicieron caer y que creímos verdaderas. Es cuestionar esos pensamientos, hacerles frentes, y contrastarlos con la realidad.

Quiero que esto les dé ganas de salir, de luchar, de PERSEVERAR, de TENER FUERZA DE VOLUNTAD, y se SEGUIR, SEGUIR, Y SEGUIR hasta GANAR, hasta que le GANEMOS A TODO ESTO. No quiero que más niñas, jóvenes, y niñas pasen por este proceso porque no es fácil, es duro, es duro en todos los sentidos, es duro hasta económicamente. Para qué decir el desgaste físico y emocional de tus cercanos: esto no sólo afecta a la persona que tiene el diagnóstico sino que a todos quienes la rodean. Quiero que se MOTIVEN a creer en ustedes, a CONFIAR en ustedes, a no hacer el juego psicológico y comercial de cuestionarse su físico, su cuerpo. Quiero que DESAFÍEN a esta cultura y que amen sus cuerpos tal cual son. Quiero que se ACEPTEN, aunque cueste, porque es un trabajo que es diario y que yo, también, estoy cultivando al igual que el amor propio. Esto se trata de AMOR, de recursos, de herramientas, de comunicación y expresión, de difusión y revelación. Esto se tiene que saber y dar a conocer porque es una realidad cotidiana.

Quiero que, con esto, quieran darle un SÍ a la vida, un SÍ a ganar, porque si no es así… los índices de mortalidad por esta enfermedad son altos y, ¿el costo? Es el costo de la vida misma. Éste es el final por fuerte y duro que sea. ES REAL, es así. Quiero que sepan que sí, sí se puede, que es posible, y que hay que perseverar porque no creo que quieran pasar por todo lo que yo pasé. Créanme: ha sido mucho y no me gustaría saber de más personas que estén en una situación similar. Me gustaría saber de niñas, jóvenes, mujeres que QUIEREN Y DESEAN salir de esto para vivir sus vidas porque la VIDA MERECE LA ALEGRÍA DE VIVIRLA.

Este proceso ha sido muy transformador para mí, he aprendido mucho, y ha sido un motor de tremendo aprendizaje y enseñanza. Pero, créanme, que se pueden elegir otros caminos más amorosos para aprender.

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