Feminismo

8M: Mujeres apropiándose del espacio público en el que las vulneran.

By 10 Marzo, 2019 No Comments

Este 8 de marzo, tal como el año anterior, miles de mujeres de mi ciudad se juntarán en aquella plaza que siempre acordamos para comenzar la marcha en conmemoración del Día Internacional de la Mujer. Probablemente, avanzaremos sosteniendo las fotografías de todas las víctimas de los femicidios que han ocurrido desde la marcha anterior, por las mismas calles en las que, tal vez, ellas fueron amenazadas, maltratadas, o pensaron huir. Nosotras mismas, mujeres diversas, trabajadoras, estudiantes, madres con sus hijas, activistas y dirigentas, caminaremos por aquellas avenidas centrales donde más de alguna vez sentimos miedo, sufrimos acoso callejero, fuimos perseguidas o abusadas, pero – a pesar del miedo que sentimos en la vía pública – lo haremos de todos modos.

 

Cuando observamos los espacios públicos, rápidamente nos damos cuenta de su importancia para el desarrollo de las sociedades, pues allí se ejercita in situ la democracia,  la libertad y el civismo. Es donde la gente se reconoce como pares, funciona de maneras consensuadas para el bienestar común, conoce distintas identidades mientras construye la propia, y establece confianzas. Pero también es donde se hacen visibles las relaciones de poder y la dominancia o exclusión de determinados discursos.

 

Las mujeres vivimos una versión limitada de la experiencia del espacio público. Si bien conocemos los códigos cívicos que los rigen y los roles de cada uno, nuestra manera de habitarlos se ve directamente coartada por la violencia machista y la cultura patriarcal en general. Esto ha restringido sistemáticamente el ejercicio de nuestra ciudadanía, ya que utilizamos, disfrutamos y participamos en dichos lugares de maneras acotadas.

 

El espacio público es, para nosotras, un derecho en constante disputa. Allí nos exigen arbitrarios requisitos de comportamiento, apariencia y consumo, juzgándonos, evaluándonos e intimidándonos a viva voz. En esa dinámica, también, nos susurran o gritan calificaciones asociadas a nuestro cuerpo y deseos sexuales, nos hacen gestos lascivos, nos tocan, abusan, nos persiguen a pie, en bicicleta y en auto, se masturban o exhiben sus genitales frente a nuestros ojos, nos hacen comentarios sobre nuestros peso y nuestra forma de vestir, criar, caminar o hablar. La experiencia diaria de este listado de agresiones tiene efectos directos en nuestro comportamiento, tales como restringir nuestro horario de circulación, alterar la forma de vestir, repensar la manera de hablar y caminar, minimizar la postura y movimientos, modificar rutas, evitar el tránsito a solas y evadir a ciertos grupos de personas. En definitiva, nos reducimos, mimetizamos y callamos para ser lo más invisibles posible en aquellos espacios que habitamos día a día y durante muchas horas.

 

Por todo esto, y por su innegable daño acumulativo a lo largo de la historia, una marcha protagonizada por mujeres tiene un trasfondo especial. Si bien podemos definir la palabra ‘manifestación’ como una acción pública donde ciudadanos se movilizan en torno a una opinión o demanda común, para nosotras, además de ello, significa manifestarnos en escenarios a los que le tenemos temor, por los que andamos con cautela y que, si bien son parte de nuestra cotidianeidad, no tenemos un sentimiento de pertenencia tan fuerte como sería si pudiésemos circular con tranquilidad y libertad. Es, por cierto, un gran acto de valentía, y también de sororidad, pues aquel impulso de manifestarse se concreta gracias a la seguridad que nos garantiza la compañía de otras mujeres empatizando con una demanda común.

 

Una marcha de mujeres cuenta con una carga simbólica excepcional, no solo porque expresa públicamente la necesidad de igualdad, libertad y respeto, sino también porque es una instancia de resignificación del espacio público para cada una de ellas, fortaleciendo su mermada experiencia como ciudadanas. En otras palabras, estamos exigiendo derechos al mismo tiempo que estamos aprehendiendo uno con nuestras propias manos.

 

Este 8 de marzo nuestros cuerpos estarán en el mismo lugar donde los intimidan, acosan o juzgan, tomando la oportunidad para visibilizar nuestras demandas, para que se dimensione que no somos una “minoría exaltada”, sino un movimiento que aboga por los derechos de más de la mitad de la población, y para que se deje de relacionar esta fecha con una celebración al arquetipo de mujer según la heteronorma, que es frágil, vanidosa, madre abnegada, fanática del chocolate y de color rosado, y que – en su lugar – cada vez más personas lo comprendan como un día de conmemoración y demanda por nuestros derechos laborales, civiles, reproductivos, y humanos. Este 8 de marzo nuestra movilización será un recordatorio de que las avenidas también son nuestras – aunque ahí nos intimiden todo el año-, que las plazas nos pertenecen – aunque allí intenten humillarnos-, y que los cantos y consignas que se escucharán serán de aquellas voces a las que solían hacer callar.

 

Por Ángeles Moreno. Diseñadora Gráfica y Diplomada en Gestión Cultural.