Testimonio

Sanar

By 7 Febrero, 2019 No Comments

No sé bien a qué edad –ni cómo – comenzó todo. Puedo afirmar que más de la mitad de mi vida he vivido con esto. Es complejo vivir con trastorno alimenticios y llevar una carga oculta. Encerrarte a vomitar en el baño y, luego, salir como si nada, con una sonrisa, caminando con mis piernas flacas, y haciendo como si disfrutara de ese encuentro social lleno de comida ‘prohibida’.

A los 16 años se me fue la regla. Mi mamá me llevó al ginecólogo y él me dio unas vitaminas, unos menjunjes para el apetito, y me mandó al nutricionista. Tuve la suerte que el médico le insinuara el problema de fondo a mi mamá pero para ella era más fácil hacer la vista gorda. A mi mamá siempre le ha encantado la flacura así que para ella siempre ha sido bueno que yo esté lo más delgada posible. Así que un consejo, cabras: no pesquen mucho a las mamás, ella están tan afectadas como nosotras por todos los estigmas sociales.

Mi regla volvió a los 17 años y a los 18 se fue otra vez. Yo seguía vomitando todos aquellos alimentos que, según yo, podían hacerme engordar. Me encantaba comer dulces, helados, y galletas por montones para luego ir al baño a eliminarlos. Sentía que, de alguna forma, podía arreglar las cagadas que me mandaba. Sentía que era una manera de ‘reparar’, de ser ‘más digna’, de ‘hacer las cosas bien’… pero, finalmente, es una manera de hacerse daño, una forma de autoflagelación: hay quienes se cortan, hay quienes se droga, y estamos quienes vomitamos.

Mi regla volvió gracias a las pastillas anticonceptivas pero los trastornos seguían ahí, silenciosos. A los 20 años comencé a tomar antidepresivos. A pesar de la fluoxetina, la sertralina, el restaural, o cualquier medicamento que me recetaran, mi ansiedad continuaba  y los atracones, también.

Cuando tenía 28 años sufrí fuertes dolores de estómago. ¿El diagnóstico? Dos úlceras, una gástrica y la otra duodenal. Mi intestino estaba hecho bolsa. Mi cuerpo estaba cansado de tanto vomitar y el daño a mi sistema digestivo era considerable. Sin embargo, para mí, vomitar era la única manera que conocía de llenar el vacío y de reparar mis errores para sentirme un poco ‘más digna’.

Hice un tratamiento médico y psicológico, trabajé extra para pagarlo pero hubo frutos y eso me deja feliz. Si hay alguien leyendo esto que sufra de bulimia, por favor, no esperes tanto tiempo. ¡Pide ayuda!

Dejé de vomitar, dejé de darme atracones. Todo fue un poco a la fuerza porque mi estómago ya no quería más guerra. Finalmente, LO LOGRÉ. Y, también, dejé de tomar antidepresivos. Hoy llevo un año y cinco meses sin vomitar. Me siento TAN orgullosa de este logro. Muchas veces pensé que no lo iba a lograr jamás, que ya era parte de mí.

SI hay alguien que está leyendo esto: le digo que sí se puede, que el camino no es fácil pero que sí podemos de darnos atracones y luego correr al baño. Podemos encontrar mejores maneras de relacionarnos con nosotras mismas, de cuidar nuestros cuerpos de forma amorosa, porque nuestro cuerpo es el que nos permite disfrutar de este viaje que se llama vida, el que nos permite poder existir, movernos, bailar, jugar, y amar.

Hace cinco meses que dejé de tomar pastillas anticonceptivas y mi regla no volvió. Los ‘especialistas’ me dijeron que esto es frecuente en personas que han sufrido trastornos alimenticios como yo. Siento que empecé a sanar, que estoy sanando, pero que el camino es largo. Amarse es difícil pero nadie ama lo que no conoce. Así que mi invitación es que se conozcan, que inviten a todas las mujeres a auto-conocerse, a descubrirse cada día, porque ésa es una de las maneras que yo descubrí para amarme.

Sé que me queda mucho por avanzar pero estoy tan feliz de mis logros que quería compartir con ustedes.

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