Testimonio

Sororidad para sanar

By 16 Diciembre, 2018 No Comments

Contenido sensible

El 2017, a los 18 años, me fui a un viaje de intercambio a Medio Oriente con un gran grupo de amigos, entre los que se encontraba mi pololo de la época. En ese entonces ya llevábamos juntos 2 años.

Vivíamos en una especie de internado, donde recibíamos clases, junto a más de 100 personas de distintos países de Latinoamérica de nuestra misma edad. Generalmente, los fines de semana salíamos a carretear todos juntos al mismo lugar.

Un fin de semana salí de la ciudad con mis amigas, por lo que no vi a mi pololo en algunos días. La noche que volví quedamos en salir a carretear a una discoteque en el centro (es como una especie de mercado un poco peligroso) para poder vernos. Quedamos en encontrarnos allá y me pidió que fuera. La verdad es que estaba muy cansada, había estado viajando todo el día, pero terminé yendo sólo por eso.

Llegué a la disco, hablando con él todo el tiempo. Yo había tomado un poco y él estaba “previando” con sus amigos en el internado y pronto iría a encontrarse conmigo. Sin embargo, nunca llegó y por más que lo llamaba no contestaba, sólo sabía que estaba tomando y que probablemente estaba demasiado borracho como para salir (lo que era inusual en él). Como fui al carrete sólo por él – porque él me lo pidió – la situación me hirió mucho y – como muy buena polola sometida – me fui llorando del lugar sola (mis amigas no habían ido). Llorando, fui a buscar un taxi para volver al lugar donde él estaba tomando con sus amigos o demasiado borracho como para hablar conmigo.

Entonces, vestida de carrete, sola, y llorando me subí a un taxi y le pedí que me llevara. No hablaba bien el idioma, por lo que puse Google Maps con volumen para que el taxista supiera que sabía por dónde teníamos que ir y así no me podía engañar. Como ya mencioné, estaba en una situación vulnerable y el taxista aprovechó la situación, me empezó a decir piropos en inglés (“eres muy bonita”, “porque alguien tan linda como tú está sola y tan triste”, etc.), mientras trataba de darme la mano (que estaba sobre mis piernas). Lo primero que hice fue correr mi mano, pero luego de eso empezó a tocarme las piernas cada vez más cerca de la vagina, me puso la mano por detrás de la cabeza para alcanzar a tocarme las pechugas, mientras que me decía cosas cada vez más asquerosas y sexuales en inglés. Mi única reacción fue llorar. Me caían las lágrimas silenciosamente y miraba todo el tiempo mi celular para ver si estábamos siguiendo el camino y cuánto faltaba.

El taxista siguió tocándome. Ya me sentía demasiado indefensa para correrle las manos y sólo me caían lágrimas mientras me tocaba las piernas, el cuello, el pelo, la vagina, y las pechugas. Cuando estábamos llegando al internado dónde vivía, el taxista estacionó el auto un poco antes del lugar. Me asusté muchísimo y mi reacción fue decirle que no me alcanzaba la plata y que iba a entrar a buscar más para pagarle. Me bajé y salí corriendo mientras rompía a llorar. Entré y no quería estar sola por lo que fui a la pieza de mi pololo a buscar ayuda.

Llegué y él estaba, acostado, durmiendo, y demasiado ebrio para reaccionar. Me senté en el suelo al lado de su cama mientras le suplicaba que se despertara y me ayudara, pero no reaccionó. En eso, un muy buen amigo de ambos me escuchó llorar y llegó a ver qué pasaba. Le intenté explicar pero, simplemente, no podía. No dejaba de llorar por lo que me había pasado en el taxi y por la reacción de mi pololo, a quien yo consideraba mi mayor apoyo y contención estando lejos de mi familia. Él trató de ayudarme, me llevó a mi pieza, me acostó en la cama, y se quedó hasta que me quedé dormida.

Al día siguiente, me desperté asustada y llorando muy temprano, decidida a terminar con mi pololo por su actitud que me parecía imperdonable. Lo fui a buscar y salimos a hablar. Le conté lo que había pasado, le dije que me volví sola porque habíamos quedado en vernos en el carrete, que mis amigas no habían ido, y que estaba muy afectada como para seguir ahí. Le conté lo del taxista y le dije que después de todo esto, no podía seguir siendo su polola. Su respuesta fue básicamente la siguiente: “entiendo que me quieras terminar y está bien si lo haces, pero creo que ahora necesitas a alguien que te apoye y te contenga, por lo que no te recomiendo terminar después de esto”. Sus argumentos siguieron y se basaron en razones por las que yo lo necesitaba a él. No le terminé, estaba demasiado afectada, con demasiadas ideas en la cabeza, y muy confundida como para hacerlo. Ojalá hubiera sido lo suficientemente valiente.

Mi relación continuó. Estuvimos tres años juntos y él decidió terminar conmigo a principios de 2018. Al comienzo se sintió como si fuese el fin del mundo pero luego se convirtió en lo más sano y feliz para mí.

Decidí escribir esto porque es sólo un ejemplo concreto y fuerte de la violencia y el abuso psicológico que soporté en esa relación por tres años. Para mí, él era el amor de mi vida, mi primer pololo real, y lo consideraba la mejor persona del mundo. Sin embargo, ahora me doy cuenta que estuve desde los 16 hasta los 19 años con un manipulador, que se dedicó a destruir mi autoestima para subir su ego. Aguanté que terminara conmigo tres veces, sin explicación alguna, y volví las tres veces cuando él me lo pidió. Aguanté insultos y malos tratos. Aguanté sentirme culpable por sus problemas. Aprendí a tener miedo a enojarme con él o de hacerlo enojar porque, pensaba, que terminar era demasiado doloroso como para exponerme otra vez a lo mismo. Aprendí a no atreverme a pedirle que nos viéramos porque lo alejaba de sus amigos y lo aburría. Aprendí a decirle que “sí” cada vez que él quería tener sexo pero a callarme cada vez que yo era quien tenía ganas. Consideraba que podía ser tan chata, aburrida, e insoportable.

Escribo esto ya que me consta que la sociedad no es consciente de la violencia en el pololeo. Existen niñas, adolescentes, y mujeres que se exponen día a día a maltratos y abusos psicológicos sin dimensionar el daño que eso les hace. Lo terminan aguantando todo porque “él” es demasiado importante y sería imposible una vida sin ser “su polola”. Escribo esto porque yo ya sufrí demasiado. Ha pasado casi un año desde que él me terminó por última vez y sigo restringiendo mi actuar por traumas provocados por él. Lo escribo porque no es justo que otros jueguen con nuestra autoestima y la destruyan al punto de necesitar ayuda psicológica y psiquiátrica para salir de la depresión provocada por el clásico “no puedo vivir sin él” o “nunca nadie me va a querer como él”.

Amigas, no permitan que otras las pisoteen. Merecemos a alguien que nos trate como sus iguales, que nos respete, y que nos ame por cómo somos. Merecemos a alguien que no nos manipule y nos haga sentirnos felices de quienes somos, de nuestras vidas y personalidades, que nos impulse a amarnos cada vez más. Sé que a veces creemos que lograr algo así es imposible pero todas podemos siempre y cuando seamos conscientes de lo fuertes que somos, que nos amemos y apoyemos entre nosotras.

Leave a Reply