Testimonio

Sufrí violencia en el pololeo

By 12 Diciembre, 2018 No Comments

Hola, tengo 23 años, y quiero partir contándoles como llegué a enterarme de ustedes. Todo empezó este año cuando terminé una relación de un año y medio. Fue una relación tóxica, basada en el control y la violencia, por eso comencé a leer sobre la violencia hacia las mujeres. Por eso, leyendo y leyendo en Internet, di con su página y fue amor a primera vista: encontré un lugar donde sólo leyendo me sentía acompañada y con un equipo de gente que, aunque yo no conociera ni ellos a mí, me apoyaban. Es por eso que siento la confianza suficiente para poder compartir mi testimonio con ustedes.

Comencé una relación con Francisco en el año 2016. Al comienzo todo era perfecto y realmente sentía que era una princesa. Al pasar medio año de relación comencé a notar que me había alejado mucho de mis amigas por lo que quise dividir mi tiempo para compartir con ellas y Francisco. Me puse de acuerdo con mis amigas para salir un día y le dije a él cuál era el plan. Su respuesta fue: “¿Y, por qué, acaso conmigo no lo pasas bien? Las minas sueltas salen sin su pololo”. Yo quedé en shock y, para evitar una pelea, decidí invitarlo. Fue conmigo y sentí su miraba fija en mí como vigilando todos mis movimientos y comentarios.

Así fueron pasando diversas situaciones en donde me controlaba: me revisaba el celular mientras dormí, me llamaba insistentemente cuando no estábamos juntos, llegaba a los lugares en que yo iba sola para “darme una sorpresa”. Mi reacción fue siempre “conversar las cosas” para evitar discutir. Hubo un día en que estábamos en su casa y yo debía volver temprano a la mía así que se ofreció a irme a dejar en el auto de su papá. Cuando yo estaba ordenando mis cosas para partir, él tomó mi teléfono delante de mí y encontró el mensaje de una amiga que me invitaba a carretear (yo ni siquiera había abierto el chat). Él se enfureció y fue a esperarme al auto: apenas me subí, comenzó a gritarme y a manejar muy rápido, tratándome de “maraca”, “puta”, y si acaso “pensaba en ir a moverle la raja a los huevones de la disco”. En ese momento, me defendí diciendo que él no tenía ningún derecho a tratarme así y que tenía que respetarme por el simple hecho de ser mujer. Él estacionó el auto y seguimos discutiendo por varios minutos. Ya eran casi las 10 de la noche (yo debía estar en mi casa a las 9), y le dije que no iba seguir discutiendo porque él estaba muy agresivo (golpeaba el manubrio mientras me gritaba). Prendió el motor y comenzó a conducir. En Vespucio con Quilín detuvo el auto y me pide que me baje porque “él no iba andar trayendo maracas”. No le creí: “¿Esto es broma? No puedes dejarme tirada acá, es tarde”. Me respondió: “Bájate tú sola o te bajo yo a patadas”. Vi su agresividad y decidí bajarme y caminar hasta tomar el metro. Pensé que él se quedaría hasta que entrase al metro pero no: en el camino fue acosada sexualmente por un hombre que intentó robar mi mochila, al que terminé dándole mi billetera y otras pertenencias (todo para no perder el computador porque mi tesis estaba en él), y quien manoseó mis partes íntimas. Fue tanta mi desesperación que tuve una crisis de pánico (las cuales comenzaron con las discusiones que tenía con Francisco). Logré llegar a mi casa, estaba sola (mis viejos estaban fuera de Santiago), llamé a mi mejor amiga, y me desahogué con ella.

Luego de unos días, volví a conversar con Francisco, hizo nuevas promesas y yo le perdoné. Todo iba bien hasta que el mismo día de mi cumpleaños hizo “una de las suyas”. Mi mamá me invitó al mall a hacerme las uñas pero él pensó que me juntaría con otro, ¿Qué hizo? Escribió en mi muro de Facebook todo lo que pensaba de mí. Terminamos de nuevo pero volvimos a las dos semanas. En ese tiempo sólo trabajaba en mi tesis, sus papás me apoyaron siempre. Hice la entrega final, me fue muy bien, y su mamá le contaba a todos sobre mi logro. Cada vez que ella lo hacía, Francisco se enojaba diciendo que sólo me gustaba lucirme y ser el centro de atención en su mundo. Todo eso me tenía realmente cansada por lo que optaba a quedarme en silencio.

En enero de este año fuimos a Puerto Montt con su familia. Todo iba normal dentro de “nuestra normalidad” de relación tóxica. Un día uno de sus tíos nos invita a acampar a una playa privada en Puerto Varas. Como allá no había señal de celular, apagué mi teléfono y me desconecté totalmente. Cuando volvimos a Puerto Montt y prendí mi teléfono me comenzaron a llegar mensajes con capturas de pantalla de las conversaciones que Francisco mantenía con otra mujer. En resumen, en esos mensajes Francisco le contaba que yo estaba loca y que había terminado conmigo hace mucho tiempo. Literalmente, en ese momento se rompió mi corazón. Recién en ese momento me di cuenta que él sólo sabía hacer daño. Lo encaré pero, obviamente, él negó todo. Durante el resto del día lo único que hice fue llorar: estaba lejos de mi familia y, a pesar que su mamá nunca me dejó sola, lo único que quería era a mi familia en ese momento. Por supuesto, Francisco se enojó y, en medio de la noche, me quita la ropa de cama y comienza a gritarme “¡las personas desleales y traicioneras como tú no tienen derecho a nada!”. Intenté taparme de nuevo pero él me pegó un codazo en la espalda, se levanta encima de mí, y agarrándome fuerte los brazos me gritó: “todo esto pasa por hacerte la huevona y la mosca muerta”. Me siguió gritando insultos hasta que decidió irse a dormir a otra pieza. A la mañana siguiente, hablé con mi mamá, ordené mis cosas, y tomé un bus de regreso a Santiago. Durante el viaje que duró 12 horas, recibí al menos 200 mensajes de él, tratándome de lo peor y culpándome de todo lo sucedido.

Con el pasar de los días fue acoso fue tan extremo que me vi obligada a cambiar mi número de teléfono y a cerrar mis redes sociales. A partir de eso, pude volver a hacer mi vida normal hasta tres meses después: estaba con unos amigos cuando recibí un mail de Francisco diciéndome que tenía fotos mías en unos autos de narcos porque “yo era pico con ruedas”. Mi mejor amigo dijo que esto tenía que parar: junto a otra amiga mía, decidieron funar a Francisco en redes sociales, relatando todo lo que yo acabo de escribirles y publicando todos sus datos. Fue ahí cuando nos enteramos que todas sus amenazas sobre venir a mi casa o sus mensajes diciéndome que me andaba siguiendo eran falsos: nunca volvió de Puerto Montt. Sin embargo, desde allá, seguía amedrentándome.

Luego de la funa, Francisco me dejó en “paz” (sí, entre comillas, porque nunca más pudo comunicarse directamente conmigo). Mis amigas aún me cuentan que él les pide mi número nuevo o que me envíen mensajes en nombre de él.

Actualmente, puedo decir que soy una sobreviviente y una afortunada de abrir los ojos a tiempo. Espero de todo corazón que este testimonio sirva a muchas mujeres que se encuentran pasando por alguna situación similar: abran los ojos, ninguna persona tiene el derecho a gritarles ni a violentarles, de ninguna manera. Poner restricciones, prohibir, controlar, manipular, gritar ES VIOLENCIA. La violencia no es sólo física: la violencia psicológica no deja cicatrices visibles pero cuesta mucho más borrar.

 

*Los nombres han sido cambiados.

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