Cifras

¿Por qué los estereotipos de género y belleza son un tipo de violencia contra las mujeres?

By 3 Diciembre, 2018 No Comments

Por Natalia Figueroa y Camila Mella

Comisión de Contenidos – La Rebelión del Cuerpo

 

Es difícil imaginar en qué momento nacieron los cánones o estereotipos de género y belleza. Evidentemente, no se trata de un momento único e inequívoco, sino que de un proceso gradual,  en el cual los estereotipos de género se consolidaron dando cierto grado de variabilidad al estereotipo de belleza, siempre inscrito a lo femenino, a la par del establecimiento de sociedades patriarcales. Lo que sí tenemos más claro es que, en el contexto actual de la ubicua comunicación de masas, el principal blanco de estos conjuntos de características socialmente aceptadas, deseadas y exigidas seguimos siendo nosotras: las mujeres.

En la actualidad, los medios de comunicación masiva juegan un rol esencial ya que se han transformado en el agente socializador más importante. Como su definición lo indica, tratan de un único emisor, quien en este caso dicta y define cómo deben ser las mujeres, con un receptor masivo, heterogéneo y anónimo. Pese a la supuesta democratización traída por Internet y las redes sociales, la prensa escrita, la radio, la televisión, el cine, e Internet, son los principales productores y reproductores de opinión pública y sentido común, construyendo realidades a través de imágenes y discursos. La lógica es sencilla: ante el retroceso de la familia y de la educación formal, lo que vemos y escuchamos en pantalla construye sentido común.  Por ende, sólo existe lo que se muestra y lo que se nombra, todo lo demás: simplemente, no existe. Basta con encender el televisor o navegar en Internet y observar por unos minutos su contenido: la mayoría de la publicidad es protagonizada por mujeres, en donde son utilizadas como objetos para persuadir a sujetos – usualmente hombres – a consumir determinado producto o servicio. O a la inversa, mujeres son también utilizadas para persuadir a otras mujeres a consumir determinado producto o servicio para ser deseadas y aceptadas. De esta manera, al estar inmersos en esta dinámica, reproducimos lo que vemos en nuestras conversaciones cotidianas. Así, niñas, niños y adolescentes acceden, sin demasiado filtro, a una serie de contenidos que por su sola exposición pueden jugar un papel formativo en sus vidas.

La industria del marketing y la publicidad ha sido la que dicta los contenidos que reproducirán los medios de comunicación masiva, al ser la representante de quienes mueven altas cifras de dinero y, por lo tanto, de quienes tienen el poder. Se nos olvida, constantemente, que la relación entre publicidad y libertad de expresión no es tan democrática como el consumo defiende sino que reside en el juicio de los propietarios de medios de comunicación y de agencias de publicidad : por tanto, en donde muchas veces se privilegian intereses económicos y rentabilidades monetarias (o “likes”, actualmente) antes que la responsabilidad social. Entonces, ¿cuáles son los estereotipos de mujeres que nos presentan? Para empezar, no existen las mujeres, sino que un único tipo de mujer. Una que se destaca por su cuerpo joven, bello, delgado, de piel uniforme y tersa (de preferencia blanca), senos firmes, cintura pequeña, caderas contorneadas, extremidades largas y tonificadas, y sin defectos físicos como cicatrices o estrías. Además, esta mujer debe ser heterosexual y obediente, maternal pero seductora, que basa su valor personal, éxito, y felicidad en su apariencia física.

Los estereotipos de género, entonces, son también estereotipos de belleza y, como tales, un tipo de relación de poder. Si consideramos que existe “algo”, o “alguien”, o un “estado” ideal y socialmente deseado, es porque igualmente existe “algo”, “alguien” o un “estado” que no lo es. De este modo, se establece  una medición, un mandato social, y una presión personal en donde hay mujeres que “calzan más” y otras que “calzan menos” a lo socialmente deseado. El resultado, así, es un sistema simbólico (cultural, si se quiere) que promueve la inseguridad femenina en la misma base de las estructuras que reproducen la desigualdad de género.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu acuñó el concepto de “violencia simbólica” para describir una relación social donde existe un “dominador” que ejerce un modo de violencia indirecta y no física en contra de los “dominados”. Esta relación de poder ‘unidireccional’ – como la que mencionamos en el párrafo anterior – no es evidente; por lo que es ‘naturalizada’, obviada. Según Bourdieu, se desarrolla una relación de fuerza original que se hace legítima cuando el dominador y los dominados la entienden como algo compartido, por lo que la siguen reproduciendo porque comparten sus significados, los cuales son normalizados en conductas que persisten a través de generaciones. Posteriormente, el psicólogo argentino Luis Bonino definiría a estas conductas normalizadas y naturalizadas como “microagresiones”, para referirse a intercambios breves y cotidianos en el que se envían mensajes denigrantes a ciertos individuos debido a su pertenencia grupal. Ejemplos, hay varios, pero entre los más comunes se encuentran los bien intencionados “piropos”, en donde su relativa “poca importancia” o “carácter cultural” es un reflejo típico de la normalización de la violencia simbólica. Tanto Bourdieu como Bonino concuerdan en que la violencia simbólica y las microagresiones son prácticas de dominación y violencia masculina en la vida cotidiana: son formas de presión de baja intensidad, sutiles, desapercibidas o casi imperceptibles, que buscan mantener lo masculino en una posición de poder y dominio en detrimento de lo femenino.

Tomando el trabajo de Bourdieu y Bonino, específicamente en el marco del recién pasado 25 de noviembre – Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres –nos preguntamos: ¿Cuáles son las razones que hacen de los estereotipos de género y belleza un tipo de violencia hacia las mujeres? Si lo explicamos en una frase: porque se encuentran en la base que sustenta la desigualdad de género. Si lo explicamos en tres razones: porque la desigualdad de género se alimenta atentando contra la representación, autoestima, y posición social de las mujeres, como explicamos a continuación.

Razón 1: Junto con imponer una única representación sobre cómo debe ser una mujer, los estereotipos de género y belleza invisibilizan la diversidad de identidades, cuerpos, gustos, y elecciones que representan y hacen valiosas a todas las mujeres. Sin excepción.

Razón 2: Esta única representación del ser mujer destaca a la apariencia física como única fuente de valor, posicionándola – social y afectivamente – de acuerdo a cuán alejada o cercana esté del ideal de belleza. Esto nos resulta preocupante debido a que, más allá de las restricciones estructurales, la desigualdad de género se basa sobre la inseguridad femenina; la cual, además, es fuente de lucro. Las consecuencias tanto a nivel social como mental son preocupantes. A modo de ejemplo, sólo tres estadísticas obtenidas a partir de encuestas realizadas por La Rebelión del Cuerpo a mujeres mayores de 14 años: (1) El 95% de las mujeres opina que su apariencia física influye sobre su seguridad personal. (2) El 91% de las mujeres piensa que la publicidad afecta la construcción de la identidad femenina. (3) El 85% de las mujeres declara haber evitado alguna vez visitar lugares, dar su opinión, o realizar actividades que disfruta porque no le gustan cómo se ve o cómo se siente con su apariencia física. No olvidemos que, según cifras del Ministerio de Salud (2014), el 71% del total de consultas por salud mental en el sistema de salud tienen a las mujeres como pacientes.

Razón 3: Si a las brechas de género en el mercado laboral, en salud, educación, representación política, y hasta en trabajo doméstico, les sumamos la brecha en autoestima y salud mental, y al bombardeo mediático de un único estereotipo de género y belleza femenina, ¿Cuál es el resultado? La reducción del potencial, las capacidades, talentos, y aspiraciones de las mujeres; las cuales sientan las bases de la desigualdad de género estructural. En palabras de Naomi Wolf, autora de “El mito de la belleza”, la objetivización cotidiana de las mujeres nos lleva a aprender desigualdad de género todos los días.

¿Qué proponemos, entonces? Como La Rebelión del Cuerpo nuestra apuesta es reivindicar a la autoestima como capital político y, así, combatir la desigualdad de género desde sus bases socioemocionales. A la luz de las cifras anteriores, nuestra apuesta es a rebelarnos y a revelar que la exposición irrestricta e irresponsable a estereotipos de género y belleza representa un problema tanto social como de salud mental. Por lo tanto, abogamos por la responsabilidad social en la comunicación de masas. No olvidemos que los estereotipos de belleza, en el fondo, prescriben comportamientos –cómo vivir, qué hacer, qué pensar, qué esperar – y no la apariencia física.