Feminismo

La primavera y el amor romántico: seamos felices con nosotras mismas

By 23 Septiembre, 2018 No Comments

Por Ángeles Moreno para La Rebelión del Cuerpo

 

“Pasa ligera la maldita primavera
Pasa ligera, me hace daño solo a mí”

 

La llegada de la primavera siempre arrastra consigo una avalancha de publicidad relacionada con el romance, las citas y los ramos de flores. Y si bien es natural que esta época del año signifique el fin de un período de frío y reposo, y el comienzo de días luminosos que invitan a pasear y sociabilizar más, es innegable la vinculación popular entre la primavera y el amor romántico. Existe toda una estética consolidada alrededor de este concepto, que incluso es fácilmente identificable en las líneas de productos femeninos lanzados dentro de esta temporada: ropa llena de blondas y flores, y campañas publicitarias de perfume y maquillaje que parecen sacadas de una película romántica.
Ahora bien, específicamente para el género femenino, el amor romántico se trata como un imperativo. La sociedad establece que el encontrar a una “media naranja” es en realidad un deber que trasciende el ámbito sentimental, y toma un significado relacionado con nuestro estatus social y, hasta, moral. Todas tenemos ese papá, tía, colega, o vecino que nos dice cada vez que puede “Mijita, ¿y el pololo cuándo?”, “¿Todavía no sienta cabeza?”, lanza la indirecta de “¿Y cómo va el amor?”, o, lo peor, “Cuidado, que se le va a pasar el tren”. Estamos tan hastiadas con estas preguntas, que incluso June García y Josefa Araos eligieron la típica frase “tan bonita y tan solita” para titular un libro que relata cómo una mujer se enfrenta a distintas manifestaciones del machismo desde su nacimiento. Pero este tren del que todas hemos escuchado, ¿de dónde viene?

Desde niñas, los mensajes sobre el éxito que recibimos provienen de la idealización de la vida en pareja como el único modo de ser feliz: es decir, la felicidad es el encontrar a la media naranja, casarse, y tener hijos. La mayoría de los finales felices en las películas retratan protagonistas terminan juntos, sin importar que a lo largo de la trama ocurran eventos francamente decepcionantes para el personaje femenino, como mentiras, infidelidades, agresiones verbales, e incluso violencia física. El final siempre es feliz porque “el amor lo perdona todo”, “el amor es ciego”, o “en el amor y la guerra, todo se vale”. Basta con recordar los finales de las películas favoritas de nuestra infancia para darnos cuenta que el amor romántico para alcanzar la felicidad es un imperativo y, en cuanto tal, una doctrina de vida.

La poeta valenciana Marta Fornes, en su viralizada declamación de “Se Acabó tu Historia”, relata cómo las películas de Disney nos transmitieron ideas de felicidad completamente limitadas y desiguales. Pero no sólo es el cine, sino la literatura, las telenovelas, la música, y nuestros propios antecedentes de cómo se relatan las historias familiares que han reforzado estas nociones. Así, por todos los flancos posibles, el sistema patriarcal nos deja claro que la realización de la mujer no está completa si no se desempeña en los roles de género de mujer como madre sumisa, abnegada, e incondicional. En relación a esto, la idea de aferrarse a una pareja como sinónimo de felicidad parece la herramienta ideal para perpetuar esta construcción, coartando aspiraciones, romantizando la dependencia, y naturalizando distintos tipos de violencia.

Así es como se origina el miedo y la presión social sobre la amenaza de que “se te pase el tren”, estableciendo, además, una clara fecha de caducidad a esta meta, calculada entre la edad donde el cuerpo femenino se aleja del arquetipo de belleza atractivo para los hombres, y la edad donde nuestra fertilidad comienza a “bajar sus probabilidades de concepción”. El tren, entonces, es la oportunidad de garantizar nuestra realización personal a través de una pareja (heterosexual, desde luego), a la que le entregamos el control de nuestro destino, desplazando todo atisbo de proyecto o iniciativa individual. Al fin y al cabo, la “media naranja” es aquella mitad que llena un vacío, y, por lo tanto, antes de encontrarla no somos personas completas.

He aquí el peligro explícito de no cuestionar estas presiones sociales. Si nos dejamos llevar por el mito de la media naranja y del amor romántico – entendido como una dependencia absoluta – podemos caer en relaciones tóxicas, naturalizar una serie de actitudes abusivas, y entregar el timón de nuestra vida sin derecho a opinión. Por otro lado, si no nos interesa cumplir estas metas, aunque estemos muy tranquilas con nuestro estilo de vida, la sociedad se esmera en intentar hacernos sentir culpables a través de prejuicios sobre la soltería relacionados con promiscuidad, soledad (ambas vistas como defectos), e inestabilidad emocional, con sus respectivos estereotipos tales como “la solterona amargada”, “la señora de los gatos”, “la tía buena onda” o la que se quedó “para vestir santos”.

Por suerte, nos encontramos en un contexto donde las generaciones de mujeres más jóvenes se están despojando de este estereotipo de vida correcta. Si bien la encuesta Adimark “Los Chilenos y el Amor” (publicada en febrero de este año) arrojó que 7 de cada 10 chilenos cree que el matrimonio y familia son la base de la sociedad, también es cierto que gran parte de este porcentaje corresponde a la opinión de personas sobre 35 años. Según la tercera encuesta de La Rebelión del Cuerpo, las mujeres jóvenes le otorgan menos relevancia a la centralidad del amor de pareja en sus proyectos de vida que las mujeres más adultas. El 91% de las menores de 25 años plantea que “se puede ser feliz sin tener una relación de pareja”, mientras que sólo el 75% de las mayores de 60 años señala lo mismo. Actualmente, además, existe una mayor diversidad en la composición de los hogares entre los adultos más jóvenes del país. Mientras que la cantidad de matrimonios en menores de 30 años ha disminuido, el número de parejas convivientes y hogares compuestos por solteros o divorciados ha aumentado considerablemente. Según el Censo 2017, número de hogares encabezados por una jefa de hogar se elevó a un 41,6%, superando el 31,5% del Censo anterior. Sobre la maternidad, el promedio de hijos se ha reducido a 1,3, bajo el 1,6 medido en el Censo 2002. Por otro lado, el mayor aumento de mujeres sin hijos se registró en habitantes entre 25 a 29 años, llegando a un 40,8% versus un 28,2% del registro anterior. En general, el porcentaje de mujeres sin hijos ha aumentado paulatinamente, de 22,7% a 24,2% del total.

Hoy por hoy nos encontramos en un escenario donde las formas de vivir nuestra vida poco a poco se han diversificado, por mucho que la sociedad insista en que todas avancemos hacia una única definición de felicidad que no responde, necesariamente, a cómo queremos vivir nuestra vida. Entonces, ¿Qué tal si vivimos a nuestra manera sin cargar culpas? ¿Qué tal si nos ocupamos del amor propio previo al amor romántico? Podemos ser felices con nosotras mismas, con nuestras propias metas, logros, elecciones, y convicciones. Seamos, con o sin compañía, una naranja completa cuyo desarrollo no depende de las decisiones de un otro, y dejemos de prestarle atención a un tren fantasma con destino desconocido, que no le garantiza la felicidad a nadie. En su lugar, quitémosle lo “maldito” a esta primavera, y dediquémosla a nuestro florecimiento personal.

 

 

*Texto editado por Camila Mella.

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