Testimonio

Soy una rebelde feliz

By 30 Julio, 2018 No Comments

Por Natalia Figueroa (Comisión de Contenidos)

 

Hola, mi nombre es Natalia y tengo 31 años. Puede parecer un poco irrelevante pero estoy escuchando Massive Attack para inspirarme, suena Protection en la voz de la grandiosa Tracey Thorn. Cuando la escuché por primera vez, hace ya varios años, busqué la letra en Internet para saber qué decía y quién la cantaba. Vi su foto y algo no me hizo click, una voz con un color tan delicioso no me parecía coherente con su rostro: mentón alargado, ojos tal vez un poco juntos y un poco tristes, mejillas algo juntas. Encontré que Tracey Thorn era fea. Era fea pero era flaca y eso era un punto positivo.

Cuando yo tenía alrededor de 13 años estaba de moda ser flaca, flaca raquítica. Miraba las  revistas y veía las chicas lindas, como Kate Moss, en los huesos. No me parecía normal pero tampoco algo horrible. “Son lindas” – pensaba. Yo era atleta, mi prueba era el salto largo, y era bastante buena (de hecho, tengo un par de medallas). Era una pendeja de 13 años que estaba creciendo y tenía un cuerpo normal. Comía, entrenaba, estudiaba. Hasta ahora todo normal, ¿no?

Pero no. Hasta los 13 años duraría mi felicidad. Un resfrío de esos fuertes de esos que te quitan hasta el suspiro también se llevó varios kilos, unos cuatro. Yo era flaca de 53 kilos y 1.65, IMC normal. Volví al colegio con 49 y nadie se quedó callado, llovieron comentarios positivos hacia mi aspecto: “qué flaca”, “qué mina”, “te ves más linda”, “¿qué hiciste?”, “dime tu dieta”. Fue hermoso. Me miraban y me miraban bien. Pero no, ahí comenzó a nacer una bola de nieve. Junto con esto, tuve mi primera gran decepción amorosa, caldo de cultivo para lo que se vendría.

Dejé el pan, el arroz, la pasta, las papas, el azúcar. Cada semana, un alimento se sumaba a la lista de restricciones. La pesa me daba premios: 1 kilo menos, 2, 3, 4, al cabo de algunas semanas, mi alimentación era prácticamente ensalada con alguna proteína cuidadosamente preparada. 5 kilos menos en un mes. Qué rico se sentía. Qué quieren que les cuente, en 3 meses perdí 10 kilos. De 53 a 43. Yo seguía entrenando (más que nunca, de hecho), seguía estudiando (mis notas subieron) y era tremendamente infeliz. Hacía unos collages monstruosos de cuerpo de Kate Moss con la cabeza de otra modelo, unos Frankenstein de la delgadez. Escribía eternos relatos sobre mi existencia y mi odio hacia mí misma. Los 40 kilos eran mi meta, soñaba con ellos. Me metí a los famosos grupos de Ana y Mia, donde compartía mi vida online con otras enfermas, hacíamos competencias de quién perdía más peso en cierta cantidad de tiempo. Me alejé de todo aquel que hiciera un comentario sobre mi cuerpo, el “que flaca, ¡Qué linda!” pasó a ser, “¿Estás bien?”.

Mi historia no es muy diferente a la de miles de mujeres que han sufrido anorexia. Llegué a los 38 kilos en poco tiempo y con mucha astucia, mentí a mis padres y me encerré en mi misma. Junto con los kilos se me fue la vida. Se la entregué a la enfermedad, respiraba por y para ella. Nada más existía para mí.

Tengo 31 y no estoy recuperada al 100 por ciento. Algunos sucesos de mi vida me han hecho recaer, sin embargo, hasta el día de hoy escucho “¡Ay, qué flaca, qué envidia!”. Eso me duele. Soy publicista y he trabajado en el mundo de la belleza, donde veo la manipulación de las marcas para hacernos creer que nuestros cuerpos están mal, donde nuestro aspecto vende y en donde es más importante que el cerebro y el corazón. A veces, creo, que decidí ser publicista porque una parte inconsciente de mí quería cambiar lo que veía en revistas y televisión.

La primera vez que oí hablar de La Rebelión del Cuerpo fue bacán, vi el video de Nerea y fue como “¡wooooooohhh!” (ésa es mi onomatopeya para expresar “sorpresa”). Quise averiguar más y quise participar. Escribí de inmediato, participé de un par de asambleas y me sentí acompañada. Rodeada de mujeres que al igual que yo, querían (y quieren) cambiar el mundo, mujeres valientes y fuertes que abrieron su corazón a La Rebelión. Veo tantas ganas y voluntad que me estremece, veo tanto poder y energía que cuando estoy bajoneada, me levantan. Soy feliz cuando en el Equipo de Contenidos nos enviamos fotos de nuestras mascotas. Estoy rodeada de mujeres bacanes y eso es algo que maravilloso, eso es algo que sólo nosotras podemos entregarnos y, por fortuna, existe una palabra para ello: SORORIDAD. Amor, compañía, apapachamiento y así, con los ovarios, la útera y la clitoria y en alto luchamos: sí, luchamos.

Me di una vuelta larga, amigas, contándoles quién soy a grandes rasgos, cómo ha sido mi vida en este aspecto, y cómo La Rebelión me ha salvado. Pero quiero ser clara en algo: Gustarte no es vanidad, es salud mental. ERES BACÁN, CRÉETELO. Cree en tu propia construcción, en tu propio amor, en tus amigas porque eres perfecta, aquí y ahora, como Tracey Thorn. Punto.

 

*Texto editado por Camila Mella.

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