Feminismo

Manual de preguntas y respuestas (I)

By 10 Junio, 2018 No Comments

Por Camila Mella para La Rebelión del Cuerpo

 

El presente artículo (más que un artículo, en sí) busca comenzar una línea de “manuales de preguntas y respuestas”. ¿Respuestas a qué? Al conjunto de comentarios que desestiman, niegan, se burlan, o ridiculizan la desigualdad de género en alguna de sus manifestaciones. Pese a que la ola (ahora tsunami) feminista ha ocupado incontables páginas y horas al aire en medios de comunicación, seguimos escuchando y leyendo tantos comentarios que, a lo menos, pueden ser catalogados como poco empáticos, irrespetuosos, sexistas, e, incluso, inverosímiles. Por ello, y ya que el tiempo es un bien escaso en nuestra vida moderna, recopilé (al azar) un listado inicial de 10 comentarios y 10 respuestas simples. La idea no es mía sino que está basada en el capítulo “Ten frequent comments on feminist blogspots – and my responses” de Laura Bates, en su libro “Misogynation: The True Scale of Sexism”, lanzado en febrero de 2018 (Misoginiación: La verdadera escala del sexismo, sería su traducción al español). De este modo, este manual busca ser un pequeño aporte al debate y una herramienta de combate: sí, porque es increíble e irrisorio que en el 2018 reconocer, bancar, y defender el feminismo todavía sea cuestionado, rechazado, y, hasta, mal visto. Como la misma Helen Lewis lo escribió el 2012: “los comentarios sobre cualquier artículo sobre el feminismo justifican el feminismo”. Por eso, aquí vamos…

  1. Las desigualdades son sociales, no son específicas a ningún género

Como señala Laura Bates, “me gusta pensar que estos comentaristas como personas dulcemente ingenuas en lugar que deliberadamente obtusas”. Las desigualdades – como la discriminación laboral, la pobreza, el acoso y el abuso sexual, hasta el uso del tiempo – son sociales en la medida en que son transversales o comunes a cualquier sociedad. Sin embargo, me atrevería a decir que si analizamos cualquier tipo de desigualdad las mujeres y los niños/as son los grupos más afectados (también denominados como “grupos vulnerables”). Veamos distintos ejemplos para el caso de Chile. Si tomamos el caso de la pobreza por ingresos, si bien ésta se ha reducido desde 1990, hoy hay menos hombres pobres (11,2%) que mujeres pobres (12,1%). Si tomamos la tasa de participación laboral por sexo, hoy hay más hombres en el mercado de trabajo (71%) que mujeres (47,4%); y hay más hombres (66,2%) que mujeres ocupadas (43,4%). Si tomamos ejemplos “más triviales”, como el uso y la pobreza de tiempo, hay más mujeres (10,2%) que hombres pobres (9,5%), lo que se traduce en que hay más mujeres que destinan 12 horas o más a trabajar (remuneradamente o no). Si nos vamos a ejemplos aún “más triviales”, como el acoso callejero, mientras casi todas las mujeres declarar haber sido víctimas (94,7%), no hay cifras para hombres. ¿Por qué? Porque ellos, simplemente, no lo viven.

  1. Este problema ha sido identificado un millón de veces. ¿Cuál es la solución que propones?

Sí, parecemos “disco rayado”. Pobre comentarista que debe “soportar” otro escrito sobre desigualdad de género. Sin embargo, gracias por leer (a lo menos). Por muy duro que pueda parecer seguir leyendo sobre estos “asuntos”, me gustaría que el/la comentarista se detuviese a pensar, sólo un momento, sobre cómo es vivir con estos “asuntos”, día tras día, todos los días, durante toda tu vida. Por supuesto, los artículos que tratan problemas sociales no son, en sí mismos, soluciones a dichos problemas. No obstante, es imposible abordar cualquier problema sin antes crear consciencia que ese problema existe. Por eso, si tomamos a La Rebelión del Cuerpo (como un ejemplo entre muchos otros), nuestro trabajo se ha abocado tanto a comunicar y educar sobre cómo los estereotipos de género y de belleza afectan la salud mental de mujeres y niñas; pero, también, hemos producido información para justificar y proyectar nuestro trabajo con el objetivo de incidir en las políticas públicas y en la legislación al respecto.

  1. Dejen de quejarse por “esto” porque existen problemas más importantes que resolver

Es increíble cómo algunas manifestaciones de la desigualdad de género son trivializadas como si fuesen “problemas menores”, como si algunas desigualdades (de ingresos, por ejemplo) fuese más importantes que otras desigualdades triviales (como las que afectan a las mujeres por el simple hecho de ser mujeres, por ejemplo). Es increíble, también, cuando esto pasa siempre (o casi siempre) sólo se refiere a los problemas que afectan únicamente a las mujeres. Siempre son “sus” (nuestros) problemas, borrando por completo tanto el marco estructural en que estas desigualdades se (re)producen y omitiendo que las mujeres no vivimos “solas” sino que en sociedad: con otras mujeres, con otros hombres. Por ejemplo, tomemos el caso del embarazo. Algunos argumentan que es “la mujer” quien se embaraza, por tanto, es injusto que los empleadores costeen las consecuencias financieras que conlleva un embarazo. Otros, agregan, que es injusto que los hombres ayuden a costearlo, o que ellos se alejen de su trabajo por “este asunto” (nada se dice de las materias de apego, corresponsabilidad parental, cuidado, compañía, etc). El problema de fondo no es quién deba costear o no el embarazo sino que, de nuevo, sino que es la falta de cuestionamiento al entramado social que (re)produce que las mujeres sean las únicas que sufren las consecuencias de la reproducción: ¿Por qué las mujeres deben “elegir” entre su trabajo y tener hijos mientras que los hombres nunca se enfrentan a esta encrucijada?, ¿Por qué los hombres son capaces de hacer ambas cosas sin sacrificar ninguna mientras que a las mujeres se nos cuestiona si elegimos una por sobre la otra, independientemente de cuál sea nuestra opción? Convengamos que existen poquísimas opciones que permitan democratizar tanto el embarazo como la crianza de los/as hijos/as (entiéndase: postnatal compartido, horarios laborales flexibles, disponibilidad de salas cunas y jardines infantiles en los lugares de trabajo o cercanos al hogar, etc).

  1. Son las mujeres las que escriben y compran las mismas revistas “para mujeres” que ustedes critican

Me parece una discusión típica del estilo “¿Qué fue primero: el huevo o la gallina?”. Traemos niñas (y niños) a un mundo obsesionado con la imagen, en donde a las niñas se les enseña desde su nacimiento que su único valor radica en su apariencia física. Las criamos en una sociedad que las bombardea, sin piedad (ni educar), con imágenes de mujeres delgadas, altas, blancas, de piernas largas, de piel suave, senos grandes y caderas contorneadas, mostrándoles que “esas mujeres” son mejores que el 99 por ciento de las “otras mujeres” que no lucimos así. Luego de esto, siendo adolescentes y adultas, las ridiculizamos por comprar revistas que prometen enseñarles a perder peso, a suavizar su piel, y a cultivar su apariencia física para ser amadas, aceptadas, y exitosas. Nuevamente nos detenemos ahí, culpamos, apuntamos con el dedo, y no vemos el contexto social en el cual estas prácticas se inscriben. Si cambiáramos nuestra cultura –la manera en que tratamos a las mujeres y las expectativas que ponemos sobre ellas – podríamos cambiar lo que vemos y compramos en los medios de comunicación. Más aún, los medios de comunicación NO son pasivos al respecto sino que deben ser socialmente responsables en esta materia. Antes de esto, no, no exijamos que “sólo las mujeres” cambien.

  1. Oye, pero si los hombres también son objetivizados

De dos cosas malas nunca no sale algo bueno (otro ejemplo: si estás en una relación monógama y tu pareja te es infiel, el que tú le seas infiel de “vuelta” no excusa la falta). Usualmente, quienes esgrimen este argumento se quedan en casos puntuales, por ejemplo: un aviso de Coca Cola Light que se lanzó en Inglaterra, o… ¿Los carteles para despedidas de soltera y el uso de actores y modelos famosos para promocionar una marca de ropa o perfume? Hay pocos ejemplos de objetivización masculina en publicidad y medios de comunicación. De hecho, si lo buscamos en Google “objetivización + hombres + publicidad” emergen 19 mil 200 resultados (ojo: el tercer resultado es la parodia “si la publicidad tratara a los hombres como objetos sexuales…”). Si buscamos “objetivización + mujeres + publicidad”, en cambio, tenemos 34 mil 700. Sí, bueno… los hombres también son cosificados; sin embargo, no lo son al nivel, ni tan frecuentemente, ni con la exclusión de otros de sus atributos como sucede en el caso de las mujeres. Por lo tanto, la objetivización masculina no tiene los mismos efectos que la cosificación femenina porque no tiene los mismos impactos negativos sobre cómo la sociedad los (y nos) trata. De nuevo, de dos faltas, no puede salir algo bueno. Aquí no aplica la ley del empate.

  1. Las mujeres son sus propias peores enemigas. Eso de la sororidad es un chiste

Este argumento reafirma el estereotipo que las mujeres son malas con otras mujeres (somos “perras”, “malas”, “venenosas”, “envidiosas”, “malintencionadas”, “amargadas”, “celosas”, etc), por lo tanto, no deberíamos tener la audacia (ni la patudez, obvio) de exigir cambios estructurales si no somos capaces de solucionar nuestras propias diferencias individuales. Este es un intento clásico para desviar la atención de la desigualdad de género persistente y depositarla sobre las mujeres, culpándonos. Pero ¿qué tiene que ver con el que querer que todos seamos tratados igualmente – independientemente de nuestro género – con el tener que llevarnos bien con todos y negar los conflictos inherentes a toda relación humana? Malena Pichot ya lo explicó más concisa y precisamente en Twitter: “la sororidad no es perder la capacidad crítica ni mucho menos ser amiga de cualquier pelotuda. Es no juzgar a otras mujeres con los cánones sexistas con los que siempre nos juzgan”. ¡Bravo!

  1. No todas las mujeres son buenos ejemplos a seguir

Completamente de acuerdo. Ser mujer no basta para ser un ejemplo a seguir. Sin embargo, este argumento no es utilizado al voleo. Si no se nombra a la madre (a nuestras santas madres, que no parecen de este mundo), este argumento es utilizado para apuntar a mujeres que se han sexualizado al extremo y que han sido exitosas debido a su hipersexualización. Piénsese en Miley Cyrus, en Madonna, en Rihanna, en Kim Kardashian, o, incluso, en Marlén Olivari o Daniella Chávez. Nuevamente aquí el argumento se detiene en estos casos particulares, sin contexto, obviándose que estas son mujeres que operan en sistema donde sus pares masculinos (cantantes, actores, empresarios) no precisan sexualizarse (desnudarse, tomarse fotos eróticas, etc) para ser exitosos (y poder vivir de cantar, actuar, y negociar). Nuevamente, aquí se culpa y se avergüenza a las mujeres, centrándose en un síntoma y no en la causa del problema.

  1. Las mujeres, simplemente, no sirven para algunos trabajos, como ser “jefas”

Este tipo de comentarios sigue la línea de “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus” o el “¡Viva la diferencia!” de Pilar Sordo. Por lo general, estas argumentaciones se limitan a la experiencia del/a comentarista, a su vivencia junto a tres o cuatro compañeras de trabajo que no toleró. Así, extrapola errores particulares a toda la sociedad… y a las otras casi 9 millones de mujeres que vivimos en Chile (y a los 3,5 billones de mujeres que vivimos en el mundo). Todos hemos tenido malos jefes o compañeros de trabajo desorganizados e irresponsables. Sin embargo, nunca hemos dicho que “todos los hombres son así”. Entonces, ¿Por qué se acepta hacer lo mismo con las mujeres? (reconozco que, algunas, hemos dicho “todos los hombres son iguales” en lo que respecta al amor; es el bonus track de auto-deconstrucción del próximo manual).

  1. ¿Pero por qué ella no denunció antes?

Probablemente, éste sea uno de los comentarios más dañinos que exista porque apela, directamente, a las víctimas de violencia machista. Incluso, se apela a las víctimas de femicidios aunque estén muertas. De este comentario, se derivan frases como “ella lo provocó”, “ella lo eligió”, “fue su culpa”, “ella siempre elige mal a sus parejas”, “¿Por qué no huyó antes?”, “¿Cómo no pensó antes que esto podía pasar?”, “¿Dónde estaba su mamá – o su familia – que no la apoyó?”. Tenemos el ejemplo extremo del caso de Nabila Riffo, y cómo hasta su informe ginecológico fue discutido en vivo y en directo en un programa de televisión. Estas expresiones denotan una profunda falta de comprensión de los componentes psicológicos y sociológicos de la violencia machista: por un lado, se ignora que el control que el victimario puede ejercer sobre la víctima. Por otro lado, se obvia que las respuestas institucionales a la violencia de género son, por lo menos, inadecuadas y perfectibles (órdenes de alejamiento que no se cumplen, por nombrar sólo un ejemplo) y que la mayoría de los casos de violencia machista ocurre en los espacios de confianza (hogar, escuela, trabajo) y es perpetrado por amigos y/o familiares de la víctima (parejas, ex parejas, tíos, abuelos, padres, amigos). Oiga, si el estereotipo de “le pasó por andar vestida provocativamente, sola, de noche, en un callejón oscuro, porque se encontró con un depredador sexual” tiene muy poco de cierto: las mujeres pasamos más peligro en nuestros propios hogares que en el espacio público. Por eso, impacta cuán porfiada y tozudamente se ignora al victimario y se culpa al a víctima. Por eso, y en simple, creo la mejor respuesta a este argumento es la siguiente pregunta: ¿Por qué los hombres actúan así y sienten que pueden hacer esto (y las mujeres no)? Sólo como insumo, revise la lista de femicidios de este año e impáctese.

  1. Ni feminismo ni machismo ¡igualismo!

Sí, aún debemos responder a este comentario, incluso en sitios feministas. Esta aseveración (también, nivel “disco rayado”) ya ha sido respondida y explicada concisa y precisamente por muchísimas personas antes que yo y ante audiencias muchísimo más numerosas. Ejemplo: Natalia Valdebenito en su rutina en el Festival de Viña 2016. Para no extenderme, me gustaría volver a citar un tweet de Malena Pichot: “feminismo no es más que la noción radical de que la mujer es persona”. Cuando decimos FEMINISMO decimos IGUALDAD DE DERECHOS ENTRE HOMBRES Y MUJERES. Por favor, que no se diga más que “el feminismo es como el machismo, pero al revés”, que “las feministas odian a los hombres”, o que “las feministas somos feminazis” cuando lo que queremos es justicia social y aspiramos a una sociedad igualitaria. Entiéndase: feminismo NO es hembrismo.

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