Feminismo

La gordofobia existe, las gordas resisten

By 22 Mayo, 2018 No Comments

Por Danitza Jiménez para La Rebelión del Cuerpo

 

Los cuestionamientos que surgen durante la vida de las mujeres son múltiples y variados. Si se razonan las causas de dichos cuestionamientos lo más probable es que abandonemos el modo automático y entremos en un círculo privilegiado (por lo academicista) de entender cómo se llegó a esta realidad nefasta.

Desde el nacimiento, los seres humanos somos etiquetados y ningún sólo aspecto queda sin encasillar. La etiqueta se conceptualiza como un “estereotipo”, lo cual se entiende como una idea o imagen aceptada por la sociedad de carácter inmutable. Los estereotipos en torno al cuerpo se internalizan desde una edad ridículamente temprana. Las medidas 90-60-90, en el caso de las mujeres, son adheridas desde la niñez y así la forma de entender los cuerpos se condiciona a las medidas de este “cuerpo perfecto” (aceptado e inmutable).

En las mujeres, las etiquetas relacionadas con la apariencia pueden ser tan violentas que rompen con la barrera del autocuidado y se llega a la flagelación. Esto no tiene que ver con la edad, tiene que ver con el entorno social. Cabe preguntarse por qué se comete un acto tan violento como “perforar” las orejas de niñas recién nacidas con el único propósito de etiquetar o marcar que “este bebé es una mujer”. El punto central de esta columna se centra específicamente en una etiqueta corporal: el sobrepeso – o peso “excesivo” –  y cómo esta etiqueta trae tendencias sociales negativas, la que denominaremos “gordofobia”.

¿Por qué las personas felicitan a otras cuando están más delgadas? ¿Por qué se responde con un “gracias” y una sonrisa? ¿Por qué ser de talla 38 es mejor que ser 48 o 58? ¿Por qué a la gordura se le atribuye características negativas? Existen varias formas de abordar estos cuestionamientos, pero la materialización de este fenómeno se enmarca en la gordofobia entendido en la praxis como el miedo, rechazo, o asco hacia los cuerpos gordos. Aún sin que la Real Academia Española defina su significado, este término ha tomado fuerza en los países hispanohablantes junto con el resurgimiento del activismo feminista. Contanzx Álvarez Castillo explica en su libro “La gorda punk” que la gordofobia abordada desde el discurso social y activista responde a un conflicto cultural, social, y político que se encarna en los cuerpos gordos.

Los estereotipos sociales de belleza – y específicamente de un cuerpo “saludable y deseado” – son respaldados por la institucionalidad con argumentos médicos categorizando “pesos patológicos”. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en un boletín emitido el 2017, las personas con sobrepeso tienen predisposición a enfermedades cardiovasculares, diabetes, trastornos del aparato locomotor, hasta algunos cánceres. Las instituciones médicas tienen la responsabilidad de salvar vidas, y sus descubrimientos son admirados por la sociedad; sin embargo, la persona gorda – al ser categorizada como con sobrepeso u obesa – automáticamente deja de ser tratado como persona y comienza a ser tratado como un enfermo. La generalización crea un estigma en la colectividad gorda que, además de los efectos sociales discriminatorios, también crea derechos de las instituciones sobre los cuerpos gordos.

Foucault aborda bien las atribuciones institucionales y políticas sobre el cuerpo. Plantea que el cuerpo se toma como una entidad biopolítica y la medicina como una estrategia biopolítica por la cual justificar el paso de las redes de poder a través del cuerpo. Esto puede explicar, de cierta forma, que el cuerpo gordo patologizado es abordado por las instituciones como un problema público que se soluciona con la creación de programas y políticas públicas en torno a la idea de obedecer y alcanzar el estándar de un cuerpo que “coincide con una salud óptima”. Para los organismos de salud estatales las personas gordas deben ser derivadas a la toma de exámenes, nutriólogos, etc. Al parecer no cabe la posibilidad de ser una “gorda sana”. Gorda es igual a enferma.

Gracias a esto, la percepción de un cuerpo gordo se atañe a características derechamente negativas y es sujeto del maltrato social e institucional. La autora Nina Navajas en su artículo “La gordofobia es un problema del trabajo social”  plantea que el cuerpo gordo se construye discursivamente como un cuerpo parasitario y costoso para los bolsillos de los contribuyentes por consumir recursos sanitarios de forma excesiva. La validación de las políticas públicas en torno a la obesidad se basa sobre el diagnóstico de un análisis científico y poco social. En Chile, se ha avanzado hacia políticas públicas que transparentan la información nutricional en la variedad de productos que ofrece el mercado; sin embargo, esto parece no ser suficiente y el recurso de “la salvación de la población de la obesidad” vuelve una y otra vez a los medios de comunicación, donde toda una campaña gira en torno a este “problema” y se suma otro actor al hostigamiento que sufre la colectividad gorda: además de las personas comunes, el Estado, y las instituciones médicas (nacionales e internacionales), se suman los medios de comunicación y el mercado.

Los dos últimos actores mencionados son de importancia central para la propagación de la gordofobia. Los medios, más que una forma de entretenimiento e información, se utilizan como una herramienta del mercado para vender patrones de belleza y formas de alcanzarlos incentivando el consumo a través de la insatisfacción. El contenido de los medios va dirigido a “la operación bikini para el verano”, “la dieta milagrosa”, “mamás fitness”, etc.; y la publicidad ofreciendo masajes reductivos, gimnasios, CrossFit, cirugías de liposucción y abdominoplastias, entre las alternativas para encajar en el margen de aceptación social. Todo lo anterior constituye oportunidades que identifica y crea el mercado para lucrar con la imagen y la inseguridad de las personas.

La apariencia física tiene una importancia preocupante en la sociedad, el peso, la grasa corporal, y el post parto. Basta visibilizar los resultados de la Encuesta Adimark Unilever en 2016, donde muestra que 1 de cada 2 mujeres siente presión por ser bonita y al menos el 36% de las mujeres desiste de hacer actividades por la presión a su atractivo físico, ir a la piscina, ir al colegio, hacer actividades físicas, comprarse ropa, o dar su opinión en público.  Se han publicado testimonios de mujeres que nunca más se han vuelto a poner un traje de baño por miedo al rechazo que podría producir exhibir una “guatita de delantal”, unas “estrías”, o el simple hecho de mostrar la “guata” y no ser la norma de belleza física de algún modo explicita el maltrato social del que habla Nina Navajas.

El maltrato hacia los cuerpos gordos causa daños morales y psicológicos. Basta analizar que “gorda” es un insulto bastante burdo (y común), no obstante, las repercusiones emocionales en la persona que lo recibe son importantes: no porque sea una caracterización del cuerpo – bajo la cual muchas nos identificamos orgullosamente como gordas –sino debido a las alusiones negativas que conlleva el ser gorda. Entiéndase, si se es gorda, también se es “floja”, “hedionda”, “fea”, “indeseable”, “descuidada”, “lenta”, y así transcurre una lista de adjetivos terribles que construyen un estigma miserable atribuible a las gordas.

Por supuesto, este estima repercute en cómo las mujeres gordas nos paramos frente a la sociedad: en si somos capaces de alzar la voz en los espacios políticos, en cómo planteamos nuestras metas, en cómo se transforma nuestra visión sobre nosotras mismas. Este estigma, además, puede repercutir en las líneas de acción en casos de violencia de género, pues la seguridad y la autoestima son tan frágiles pero tan relevantes a la hora de alzar la voz y empoderarse que hacen la diferencia a la hora de hacer frente a la violencia machista y un femicidio.

El objetivo de esta columna no es que las personas gordas – o, en específico, las mujeres gordas – terminen amándose a más no poder. Esto es un proceso mucho más largo, complejo, e introspectivo que leer un par de párrafos. El objetivo, por el contrario, es que comprendamos que existe todo un sistema que conspira contra nosotras – las mujeres gordas – y que toma nuestra inseguridad para patologizarnos y atraparnos en sus redes de poder. Ante esto, ¿qué nos queda? Resistir y empezar el cambio desde nosotras, comenzando con el amor propio, a nuestro ritmo. Si tenemos algún problema de salud por nuestro peso, sólo el amor que sentimos por nosotras mismas lo único que nos debe incentivar a cuidar de nuestro cuerpo, sin odiarnos, sin dañarnos.

No somos las gordas las que tenemos que bajar de peso, es el mundo el que tiene que bajar el odio.

 

*Texto editado por Camila Mella.

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