Testimonio

Cómo empezó todo

By 18 Febrero, 2018 No Comments

Hace exactamente trece años que mi vida cambió. Aunque desde siempre fui una niñita “agrandada”, en febrero de 2005, con 12 años, me tocó madurar por obligación. Ese año, mientras estaba de vacaciones con mi familia, le diagnosticaron leucemia a mi mamá. La situación en ese minuto era grave, pero a los pocos meses de tratamiento el pronóstico se volvió favorable y, afortunadamente, hoy está sana y a mi lado. Sin embargo, los primeros meses fueron los días más difíciles que me ha tocado vivir y no pude soportarlo. Con un papá poco demostrativo y trabajólico, un hermano más chico que parecía abstraído de la realidad, no fui capaz de evitar caer en una depresión que gatilló un trastorno alimentario que me acompaña hasta la fecha.

Plena pubertad, en un colegio de puras mujeres donde la belleza estaba por sobre el promedio, una situación inestable en la casa y una personalidad sensible, frágil, perfeccionista y obsesiva. Esos días sentí que estaba perdiendo el pilar más importante de mi vida, mi mamá, y en un momento que no correspondía. Pensé que todo esto era muy injusto, pero tenía el apoyo de las personas que me querían. Ese apoyo, a esa edad, eran mis amigas, quienes por inmadurez y probablemente por no saber cómo actuar, no solo se apartaron de a poco de mí, sino que además me hicieron mucho daño. La soledad que sentía en mi casa y el colegio se manifestó como depresión, falta de ánimo, falta de interés, necesidad de probar cosas nuevas, y llamar la atención de quienes sentía que estaban cerca de mí y no me veían. Estaba híper sensible, irritable, tenía rabia con el mundo, conmigo misma, con el resto y, para evadir ese dolor, me corté los brazos. Nunca tuve la intención de matarme, pero sí quería dejar una marca de ese sufrimiento.  Al poco tiempo comenzaron a aparecer los complejos con el cuerpo, las ansias por sentir hambre y pensar que me merecía esa sensación de vacío, la impotencia por no poder pasar más de dos días sin comer, que nadie lo notara y que, cuando alguien lo notó, recibí más críticas que contención.

El tratamiento de mi mamá se hizo cada vez menos intenso, tras seis meses de quimioterapia los exámenes comenzaron a salir buenos, mi ánimo se recompuso, mi terapia psicológica y tratamiento con mi pediatra daban frutos, mis amigas se acercaron y junto con las buenas noticias, la depresión, la anorexia y la bulimia se disolvieron. Pero no del todo.

Pasaron alrededor de siete años en que el trastorno alimentario no se manifestó en mí, el cuerpo no era un problema, mi obsesión estaba en los estudios, destacar como alumna, como actriz en el colegio, buscar aprobación y cariño en mis profesores, en mi casa, en mi pololo. Entré a la universidad que quería, a estudiar lo que quería, tenía una relación muy linda y duradera, conocí a mi mejor amiga, mi rendimiento era excelente. Pero a pesar del “éxito” siempre sentí que algo en mí no andaba bien, que tenía muchas trancas, que era muy nerviosa, insegura, ansiosa, con tendencia a deprimirme fácilmente… todas esas características afloraron cuando ese pololeo terminó.

Empecé a sentirme vacía y sola, me cuestionaba constantemente qué estaba mal en mí, hasta que decidí que era mi cuerpo el problema. El 2012 mi trastorno alimentario “no especificado” (al que prefiero llamar trastorno emocional) reapareció. Peleo con él todos los días, hace más de cinco años es parte de mí, de mi día a día, ha sacado lo peor y lo mejor de mí.

Cada recaída es más difícil, pero la adulta de 25 sufre de la misma manera que la niñita de 12, aunque, en verdad, sufre más porque ahora su enemigo no es un cáncer, ni sus amigas, es ella misma.

Hace seis años, en segundo año de universidad, un tema que parecía superado volvió a ser parte de mis pensamientos. No sé por qué ni cuándo, pero un día me desperté y me sentí muy gorda, fea, poco atractiva, no me gustaba nada de mí. Pensé que la única solución era bajar de peso, pero tenía que ser rápido y fácil. Empecé una dieta muy estricta, a veces me saltaba comidas, me metí a un electivo de deporte en la universidad, todo eso funcionó un par de semanas. Lo que no sabía y no tuve claro hasta hace un año, es que más allá de querer estar flaca, tenía un serio problema de autoestima, autovalidación, y manejo emocional. Fueron dos meses aproximadamente que mi rutina alimentaria era de hacer dieta, restringir cada vez más, tener atracones y sentirme culpable. Pasaron semanas en que estuve metida en la misma dinámica, una dieta de cereales light con leche descremada al desayuno, proteína y ensalada a la hora de almuerzo, lo mismo que el desayuno a la hora del té y la comida idéntica al almuerzo. Cada vez que me “salía” de ese régimen, aunque fuera con una cucharada de arroz, esa salida me pesaba en la cabeza. Todo el día pensaba en lo que comía, las calorías que tenían los alimentos, no podía dormir repasando qué había comido, con qué me había salido de mi dieta, y la culpa que eso me provocaba. Fue en mi cumpleaños 20 que las cosas se salieron de control. Comí con tanta ansiedad y descontrol que al otro día me dio acidez, traté de vomitar y no podía… traté de vomitar y me dije “basta”, tengo un problema”.

Le conté a mis papás lo que me estaba pasando, les dije que hace meses no podía vivir tranquila, que mi vida giraba en torno a la comida, al peso, y a los estudios. Me sentí derrotada, fracasada y vulnerable. Hace años que tenía en la cabeza la idea que tenía que ser lo más perfecta posible y eso afectó cada aspecto de mí. Volví a ver a mi pediatra adolescente, que hace años me había tratado por anorexia y bulimia. Empecé un tratamiento farmacológico, nutricional, y terapia psicológica. Llegué pesando 48 kilos a su consulta y me dieron de alta a los 54. Parte de mí agradece esa recaída porque esa vez aprendí a comer, empecé a hacer deportes, a conocer cómo funcionaba mi cuerpo y mi mente. Siempre me han dicho que soy una paciente con “consciencia de la enfermedad”, y lo agradezco, porque esa capacidad de pedir ayuda me ha ayudado a salir adelante a tiempo.

Me di cuenta que comía muy mal. Mi doctora me hizo una pauta de alimentación (con alrededor de 1800 y 2000 calorías pero que no era estricta), con un régimen saludable para mi cuerpo, horarios establecidos y, acompañada, llegué a un peso sano para mí. Hacía deporte tres veces por semana, al principio no me salía de esa “dieta”, pero con el tiempo me fui flexibilizando y el trastorno dejó de afectar mi vida social. Lamentablemente en ese tratamiento no trabajé lo más importante: mi tipo de personalidad y las emociones.

Me mantuve en un rango de peso saludable para mí por mucho tiempo, pero los hábitos que había aprendido como comer sano y hacer deporte se volvieron una obsesión. Es que así soy, obsesiva, adicta, perfeccionista… las horas de deporte me quedaron cortas, la pauta de alimentación me parecía exagerada y, aprovechando que mis papás veían como algo normal que yo comiera bien, empecé a achicar porciones, descartar tipos de comidas, intensificar el ejercicio. Pesaba 44 kilos, aún así sentía que no me veía como quería. Ahora sí no me salía nunca de mi dieta, no tomaba trago, no salía en la noche para hacer deporte en la mañana. Volví a ver a mi doctora, de vuelta al tratamiento. Esta vez fue más corto, ella me enfrentó y me dijo que era una adulta inteligente, que dependía de mí la vida que quería vivir, era decisión mía si era una esclava del cuerpo o no. Ok, no, no voy a dedicar mi vida a estar flaca, soy mucho más que eso.

Aunque estuve “de alta” por mucho tiempo, el cuerpo nunca dejó de ser tema. Siempre encontraba algo que no me gustaba y, apenas pasaba por un momento difícil, me ponía a controlar la comida. Siempre fue así. Pena, desilusión, angustia, ansiedad, frustración… control, control, control. Llevaba cinco años consciente de mi rollo con la imagen y la comida y, claro, ha habido períodos buenos en que el tema se me olvida un poco, pero es como una sombra que cada cierto tiempo vuelve a aparecer.

Empezaba el 2017, trabajando, preparándome para estudiar una segunda carrera, me fui de vacaciones y lo sentí de nuevo: “estoy muy gorda”, pensé. No quería restringir porque al menos ya sabía las consecuencias de las dietas estrictas, pero sí volví a obsesionarme con el deporte, con la comida sana, dejé de comer carne… Todo otra vez. El 2017 ha sido de los años más difíciles que he tenido, pero ha sido por lejos cuando más he aprendido de mí y de los trastornos de la conducta alimentaria. Ese año no lo puedo resumir en un párrafo, ha sido mi batalla más dura, pero afortunadamente la empecé a tiempo y voy ganando.

 

*Texto editado por Camila Mella con autorización de la autora.

**Ilustración de Marinela Boicu.

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