Feminismo

Todas contra todas

By 15 Febrero, 2018 No Comments

Por Ángeles Moreno para La Rebelión del Cuerpo

 

Parece que socialmente hay códigos de odio que ni siquiera nos molestamos en cuestionar. En general, las mujeres estamos familiarizadas con arraigadas costumbres que dan pie a la competencia entre nosotras mismas. El ejemplo más cotidiano y obvio está en plano romántico: el deber de tener mala onda con la actual pareja de tu ex pololo/a, o más bien, con todas las actuales parejas de todos tus exs desde octavo básico en adelante. O viceversa, el odio arbitrario a todas las ex novias/os de tu pareja actual. Pero si esa persona no te ha hecho daño ni tienen líos pendientes, ¿Por qué este “odio” tendría que estar dentro de tus preocupaciones diarias?

¿Será que estamos programadas culturalmente para basar nuestras interacciones a partir de un personaje masculino? La autora Alison Bechdel creó el comentado y revelador Test de Bechdel para poner a prueba las obras literarias y cinematográficas frente a la perpetuación de la brecha de género. Los resultados de su aplicación, además de demostrar la poca cuota de personajes femeninos, aporta un dato aún más significativo: los argumentos, diálogos, y razón de existir de estos roles suelen ser en función de la existencia de un hombre.

Analicemos una situación recurrente punto por punto. Supongamos que pololeaste con alguien por un tiempo determinado. Terminaron. Te enfrentas al período de duelo y confusión. Procesas lo ocurrido, te sanas, y sigues con tu vida. Tiempo después, te enteras que tu ex tiene una nueva pareja. Entonces, tu cerebro se pone en alarma y se activa el botón de “comparar”: ¿Es más flaca que yo? ¿Es más fotogénica que yo? ¿Es más bonita que yo? Acto seguido, se activa el botón de “odiar ahora”. ¿Qué? ¿Por qué? Si estás segurísima que lo superaste, que hace mucho tiempo esa persona no es tema, ¿por qué tu cerebro insiste en tener el impulso de “odiar”?

Personalmente me cuesta mucho tenerle “mala” a alguien. Tendría que hacerme daño directamente para ello y, aun así, simplemente tomaría distancia. Por esto, cada vez que he presenciado esta situación tanto en mis amigas como en mi propio historial amoroso, me pierdo un poco. ¿En qué parte de la historia “A” hirió a “B”?, ¿Le dio vuelta un trago encima?, ¿Le dijo que sus padres no la quieren? ¿Se conocían o siquiera se habían visto antes? Probablemente la respuesta a todas estas preguntas es un rotundo “no”.

Creo saber cuál es el origen de todo este dramatismo gratuito. Lo que describo más arriba no es más que la punta del iceberg de un fenómeno súper familiar para todas: cuando una nace con vagina, quedas vitalicia y automáticamente inscrita para concursar en el certamen “Todas Contras Todas”, una macabra competencia por el reconocimiento en un sistema patriarcal, donde éste se obtiene cumpliendo una serie de requerimientos sexistas y cosificadores, por sobre cualquier otra cualidad.*

Y es que desde niñas todo lo que miramos (los medios de comunicación, la publicidad, los videos musicales, etcétera) nos implanta en la cabeza el chip de un imposible y antinatural canon de belleza, y nos dicta cómo cumplir punto por punto el ítem “guata”, el ítem “pechugas”, el ítem “cejas”, el ítem “codo”, “rodilla”, etc. A la par con esto y sin control alguno, digerimos con naturalidad toneladas de noticias sobre dimes y diretes entre chicas de la farándula, dietas milagrosas para merecer usar bikini, y telenovelas sobre romances posesivos que te enseñan que “en la guerra y en el amor todo se vale” para justificar acciones atroces. Si continuamos, vemos que nuestro closet está plagado de prendas que nos recitan y recuerdan las bases del concurso: “pretty”, “cute”, “fashion”, “style”, “girly” y un montón de conceptos superfluos que rápidamente son reemplazados por lo que defino “el encogimiento de ropa”, fenómeno que ocurre cuando vas creciendo y la moda, en vez de cubrirte, empieza a achicarse más: las faldas son más mini, los pantalones más ajustados, las poleras más cortas, y los escotes aparecen desde la talla 14, todo muy propio de la ya naturalizada hipersexualización de nuestras niñas. Ni hablar de la estatura y el  peso ideal.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con la competencia entre mujeres? Todo, porque el “odio reflejo” es un síntoma más de la competencia “todas contra todas”. En el afán consciente o subconsciente de salir victoriosa de esta insosegable carrera por ser la más perfecta, la más mina, o la más validada socialmente, cualquier chica que se presente en nuestro “campo de juego” nos inseguriza, por lo tanto la identificamos como enemiga y reaccionamos con extrema hostilidad.

Yo decidí retirarme de esta competencia. Perdí, no me importa, chao. De por sí, el hecho de andar regando odio por la vida me parece agotador, pero como feminista concluí algo mucho más significativo: simplemente no estoy dispuesta a someter a una igual a una competencia tácita que nadie acordó, ni que tampoco nadie lo haga conmigo. Ya ha sido suficiente. Logré darme cuenta que no tiene ningún sentido replicar esas actitudes, por mucho que la gente espere de mí soltar un chisme o un comentario insidioso para condimentar la conversación. Prefiero ser aburrida, latera, fome.

No siempre fue así. Cuando más chica (chica “emocionalmente”, digamos, porque no fue hace tantos años) me seguía afectando “el odio reflejo”, y era súper normal y habitual tener conversaciones entre amigas completamente basadas sobre pelambres gratis acerca de “otras”. Pero conforme iba madurando, me empecé a sentir muy, muy, muy mal conmigo misma y muy injusta luego de estas reuniones. Al principio seguía la corriente de la conversación, porque todos lucen tan entretenidos, ¿no? Luego empecé a omitir comentarios, pero me reía de lo que decía el resto de todos modos. Finalmente, opté por no darle cabida al tema.

Las reacciones del resto fueron variadas. Mucha gente reaccionó súper bien y hasta lo replicaron, pero también tengo muchas amigas que simplemente no me entienden, o peor aún, no me creen. En sus cabezas no cabe la posibilidad que algo así me dé igual. Por esto mismo, ya me acostumbré al hecho que no puedo esperar mi misma actitud de parte de todas las involucradas en el trabalenguas de las exs de mi pareja y las parejas de mis exs y las ex de los ex, aunque incluso ahí me he encontrado con gratas y bellas sorpresas.

De todas maneras, entiendo muchísimo la apatía y la incredulidad, porque escribir este post puede parecer muy fácil, pero el proceso de desaprender estas conductas fue toda una odisea. Con desaprender me refiero al ejercicio de cuestionar las maneras habituales de pensar,  identificar prejuicios arraigados desde nuestra formación, y romper los paradigmas que coartan nuestra capacidad reflexiva.

Desde muy niña me consideré feminista, pero no fue hasta el momento en que fui más autónoma y comencé a estudiar sobre violencia, discriminación, y cosificación por mi cuenta, cuando pude analizar todas estas incoherencias cotidianas en mi manera de pensar, actuar, y hablar. Me propuse aplicar todo lo aprendido y estar en constante revisión de ello, porque cuando sientes que hoy  más que nunca es necesario unirse y levantar a la de al lado, todo lo que me estaba haciendo sentir mal e incómoda empezó a tener fundamento.

Cambiar la forma de pensar que nos han inculcado desde pequeñas es difícil. Requiere de mucha voluntad para estar cuestionando permanentemente estas imposiciones culturales, y corrigiendo expresiones hirientes y destructivas antes de hablar. Pero no es lo suficientemente difícil como para no querer intentarlo e, incluso, animar a otros luego de darnos cuenta que esta actitud sólo trae resultados positivos para tu salud mental, tus interacciones sociales, y tu visión del mundo.

¿Por qué era que tenía que odiarla? Por nada. Lo último que necesita el mundo que nos tocó vivir es más odio infundado entre mujeres. Transformemos el “todas contra todas” en un “todas con todas” porque en los caminos del (des)aprender nadie sobra y nunca es tarde. Como dice la canción:

“Empezar por nuestra casa primero

Romper con todos nuestros miedos

Ser consecuente, de cuerpo y de mente

Para alzar el vuelo por senderos nuevos”

Creo en Ti – Ana Tijoux (2014) **

 

¡A levantarnos!

 

*Texto editado por Camila Mella

**Imagen de Liv Stromquist, artista feminista sueca, presente en el metro de Estocolmo.

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