Testimonio

Sentirme viva

By 28 Diciembre, 2017 No Comments

Cuando era niña, era muy delgada, medio huesuda. Crecí oyendo comentarios favorables sobre mi contextura, el “flaquita” se decía con tono amigable y admiración. Yo solo les sonreía, no lo entendía, poco importaba. Crecí escuchando a las mujeres más cercanas criticar su cuerpo y el de otras: muy alta, muy chica, muy rubia, muy negra, muy “potona”, poco “potona”, y un sinfín de apreciaciones.

Hoy, reflexionando, pienso que quizás podía sentirme validada en mi delgadez pero siempre había algo me insegurizaba en la piel: a las niñas rubias o pelirrojas las idolatraban. La gente las trata diferente, les causaban más ternura, y todas mis compañeras de escuela quería ser amigas de la pelirroja del curso. Curioso.

Al entrar a la adolescencia, un día salí de la ducha, me miré frente al espejo, y lo que me sucedió hasta el día de hoy me sorprende: vi mi cuerpo. Lo vi desde los ojos de mis cercanos, de la publicidad, de las revistas de belleza que mis tías me regalaban. Vi mis piernas ensanchándose, vi mi piel oscurecida, vi espinillas, vellos, y un sinfín de defectos. Me vi desde la sociedad. Había perdido mi inocencia. Mis ojos estaban contaminados.

No importaba ser delgada, las presiones sobre la belleza me pesaban igual. Con el tiempo, vinieron muchos complejos, uno tras otro: piel, manos, piernas, pies, vellos, senos, cara, pelo. Subidas y bajadas de peso, intentos de dieta y conteos de calorías tal y como lo vi en mi madre muchas veces. Me escondí tras ropa ancha y oscura, me resistí a bañarme en la piscina con mis compañeros de escuela, y le pedí mi pareja que sólo intimáramos con la luz apagada. Y daba lo mismo ser delgada, mi mente estaba contaminada, tenía una incomodidad constante gestada de forma silenciosa en mi mente.

Cuando llegué a la universidad, comencé a tomar clases de baile, a ejercitarme, y a sentir mi cuerpo desde el hacer. Experimenté la libertad de desplazarme y de crear ciertos movimientos, de guiarme por la música, de cansarme y luego relajarme. Hice conciencia sobre mis músculos, mi equilibrio, mis emociones. Además de eso, entendí el trasfondo de lo que me ocurría: los efectos de la publicidad, la moda, la competencia femenina desde el físico, las exigencias sociales sobre la belleza. Critiqué los lentes desde los que me miraba y, sin darme cuenta, me estaba formando unos nuevos.

Hoy puedo entender que los estereotipos de belleza nos afectan a todas, porque nunca es suficiente para aceptarnos. El criticarse es una forma de buscar una perfección que no existe ahí donde nos dicen que está. Y esa perfección corporal está en la magia de estar vivas, de poder abrazar, besar, estresarnos, recuperarnos de un resfrío, sentir alegría, amor, bailar, y hasta llorar.

Hoy concluyo que no amo mi cuerpo por como se ve ni por su forma, lo amo porque me permite sentirme viva.

 

*Texto editado por Camila Mella con autorización de la autora.

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