Testimonio

Reencontrándome

By 27 Diciembre, 2017 No Comments

Hubo sólo una vez en que me fue fácil “explotar” en palabras; sin embargo, hoy no encuentro cómo. Me miro en el espejo y no me reconozco.

Crecí sintiendo que fue mi culpa que abusaran de mí, crecí sabiendo que si se es flaca se es exitosa pero que si es gorda – como yo lo soy – estás destinada al fracaso.

Crecí escuchando de mi hermana mayor frases como “mírate, quién te va pescar”, “mírate, eres tan penca para el ejercicio, ¿para qué lo intentas?”.

Crecí recibiendo agarrones de mi hermana, cada vez que me echaba un trozo de pan a la boca, con la frase “todo esto te sobra, ¡qué asco!”.

Crecí sintiéndome culpable por disfrutar de un pan con mantequilla.

Crecí frustrada, escondida detrás de los polerones grandes mi papá, queriendo haber nacido hombre para no tener que lidiar con todas las miles de ocasiones en que me oriné de tanto llorar por las ofensas que recibí de mi propia familia.

Crecí con golpes y con burlas. Si me tomaba el pelo, mi hermana me lo tiraba. Si me maquillaba, mi hermana me pegaba “por puta”. Cuando mi profesor abusó de mí en primero básico, cuando era una niña, mi hermana comentó “te habrá gustado el abuso porque no fuiste capaz de contarlo al tiro”.

Después, a mis 11 años, cuando un tío ebrio abusó de mí no fui capaz de contarlo por miedo. Y todavía tengo miedo. Él ya murió y todavía tengo miedo. Lo conté después de  tres años ocurrido el incidente y todavía tengo miedo. No me atreví a hacerlo antes porque el shock fue tan fuerte que fue como haberlo borrado de mi mente hasta que topé con él en un terminal. Tuve tanto miedo que me oriné encima, tomé mi bicicleta, y me fui. Hui de miedo. No sé cómo llegué a mi casa. Ahí estaban mis padres, mi hermana, y uno de mis hermanos mayores. Sólo él me notó rara, se acercó cuando le dije a mi mamá que mi tío había abusado de mí, pero no fue lo suficientemente rápido como el golpe que me propinó mi hermana al escuchar mis palabras. Me trató de “puta”, dijo que era mi culpa, que estaba inventando todo esto para llamar la atención de mi mamá. Afortunadamente, mi hermano mayor estaba ahí y detuvo los golpes de mi hermana. Desgraciadamente para mí, el tío que vi en el terminal iba a mi casa y llegó justo después de la escena pasada. Mi hermana lo hizo pasar, me apretó fuertemente, me enfrentó a él. Él se burló, se intentó acercar hasta que grité como nunca antes lo había hecho. No sé cómo me zafé de mi hermana y corrí al segundo piso. Mi hermano se puso en la escalera para que no subieran por mí. Mi papá, en tanto, lo echaba mientras mi hermana gritaba y peleaba con todos ellos por creer en mí. Nunca entendí bien el odio de mi hermana hacia mí, era por etapas. Si yo estaba delgada ella hacía lo imposible por destruirme y si estaba gorda hacía lo imposible por hacerme sentir asquerosa. ¿Qué lleva a una mujer, con más de 15 años de diferencia con otra, a ser así? Más aún, ¿Qué lleva a una hermana mayor a ser así de cruel con su hermana menor? Siendo familia yo incluso pensé que era adoptaba y que por eso se me trataba así.

Crecí y, finalmente, me enfrenté a ella. Disfrazó su odio de “amor”. Sin embargo, yo no sabía que su “amor” era otra táctica de daño y logró, esta vez con éxito, alejarme de mi hijo mayor. El resultado fue una verdadera película de terror y dolor: perdí a mi hijo, estuve meses sin oír su voz. Ahí supe cómo funcionan las instituciones en este país. Descubrí que las madres como yo que, aun teniendo el dinero suficiente, no pueden hacer nada. Mi hijo me odiaba gracias al montón de mierda que le metieron en la cabeza sobre mí. Estuve tres semanas sin poder pensar, sin poder respirar, mirando por la ventaba y esperando verlo llegar. Nunca pasó. Me tuve que levantar por mi hijo menor, ¿qué culpa tenía él?

Un día mi hijo mayor me llamó mientras yo estaba en una obra de construcción. Me desmoroné, tirité, tuve miedo, quería abrazarlo y decirle cuánto lo amo. Él ya no me decía “mamá”, se oía raro, le pedí que fuera a la casa para hablar tranquilos. Mi sorpresa fue amplia al saber que mi hermana había dejado a mi hijo en la calle y tan confuso que no quería volver a su hogar. ¿Por qué lo hizo? Porque en todo este proceso fui demandada y ella no logró lo que monetariamente esperaba.

Luego de todo lo que he pasado, toda la discriminación, los abusos, los golpes, los desalojos, las muertes, etc. Llegó un día en que me cansé de llorar, me cansé de esconderme, y decidí dos cosas: que me necesitaba a mí para llegar lejos y que mi hermana jamás volvería a herirme de manera alguna porque nadie tenía el derecho a hacerlo. En ese momento, también pensé si me escondí tras mi peso fue porque pensaba que los hombres no querrían tocarme ni violarme, al estar excedida, lo hacía todo más simple. Además, siendo gorda, mis golpes de defensa también serían más pesados. Era el mapa perfecto.

Hoy soy madre de dos varones, estudié y emprendí, con mi marido nos hicimos independientes. No exenta de problemas, comprobé que yo sí puedo, que mis kilos no me hacen menos profesional. Que si me miran en la calle de manera lasciva el problema no es mío si no de quien lo hace.

Estudié una carrera “de hombres” y tuve que lidiar con profesores por ser mujer y, más encima, pechugona. Escuché varias veces “para qué pierde su tiempo acá, vaya a jugar con las Barbies mejor”. Sin embargo, esta vez yo era adulta, y como lo había decidido antes, no lo permitiría otra vez. Me paré frente a mi clase y le dije: “si mis tetas te causan problemas ¡no las mires! Estas tetas, o más bien quien las carga, paga una mensualidad del terror para que personas como tú me enseñen lo que quiero saber así que, por favor, ubícate. Recuerda que desde que naciste, te alimentaste de tetas como éstas”. Todos mis compañeros se rieron pero yo salí del salón y me fui a rectoría a poner un reclamo. Ahí descubrí que ese profesor tenía denuncias por casos similares. Recuerdo la rabia pero a la vez lo orgullosa de mí misma que me sentí: el problema no era mío, yo podía hacer algo, pero el problema era general.

Y sí, esta sociedad está llena de prejuicios. Afortunadamente, ¡somos muchas! Así que debemos seguir, debemos avanzar, debemos creer en nosotras. Seré honesta: cuando me miro en el espejo, hoy, a mis 33 años, no sé quién soy. No sé en qué momento me perdí de mí misma pero estoy completamente dispuesta reencontrarme. Mis heridas sanan de a poco, ¡porque quiero sanarlas! tengo gente que me quiere así, tal cual soy… mi marido, mis hermanos, mis padres, mis amigos, mis hijos, pero por sobre todo, hoy decidí quererme cada día más que ayer, redescubrir en mí, lo que siempre fui y lo que quiero ser, me quedan más batallas, muchas, pero acá estoy, ¡erguida mirándolas de frente!

Soy como el junco que se dobla pero que siempre sigue en pie.

 

 

*Texto editado por Camila Mella con autorización de la autora.

2017 © LAREBELIÓNDELCUERPO.ORG