Testimonio

El piropo (o la sexualización por asalto)

By 18 Diciembre, 2017 No Comments

Hace unos días, caminando sumida en la lectura en un libro nuevo, feliz y motivada por lo interesante del tema, escuché una frase desde muy cerca, como un susurro… “oye linda, que buenas piernas”… ¡Paf! Repentinamente dejé de ser una persona que caminaba leyendo un libro y pasé a ser “unas piernas”.

De un momento a otro me sentí en un escaparate en donde mi cuerpo era el producto. Me preocupé cuán corta estaba mi falda, pensé que quizás se había subido, sentí que yo era inadecuada, pensé que estaba mostrando mucho, sentí que yo estaba provocando. Traté de volver al libro pero no pude concentrarme. Después, pensé que no conocía el sector y que podía ser peligroso, y tuve medio (aunque eran las dos de la tarde y caminaba por una calle paralela a Av. Providencia). Me di vuelta, vi a dos tipos más jóvenes que yo, uno de ellos me sonrió. ¿Qué pasó por su cabeza?, ¿Acaso esperaba que le sonriera de vuelta? Bueno, les respondí, pero cómo lo hice no es el tema ahora. Mi punto es el siguiente: con ese piropo dejé de ser una persona y pasé a ser un cuerpo, un cuerpo públicamente sexualizado, un cuerpo sexualizado por asalto.

Siempre se me ha hecho difícil explicar a los hombres de mi círculo cuál es el problema con los piropos. Hace bastante tiempo había optado por dejar el tema de lado. Pienso que es responsabilidad personal informarse antes de querer opinar sobre género “al voleo”, como quien opina de una película sin haberla visto o de la interpretación de un personaje sin haber actuado jamás. También, sé que hay algunas mujeres de mi círculo que se han pronunciado a favor del piropo, diciendo cosas como “es que no hace ningún daño” o que “te levanta el ego que te digan ‘rica’”. De hecho, si mi pareja me dice un día “ese pantalón te queda súper bien”, ¿qué tiene de malo?, preguntarían algunas personas. Mi punto es que no hablo de esa frase, una frase que está dicha en un contexto de respeto mutuo, en donde hay un vínculo establecido y claro: una relación de pareja en donde esa frase viene a reforzar dicha relación, validada por ambas partes, en donde ambas personas son iguales, y en donde existe horizontalidad entre ellas.

Acá me refiero a esa frase que, generalmente, es dicha por un desconocido/a  o por alguien que apenas conoces (una persona en la calle, un compañero de trabajo, el amigo de un amigo, por ejemplo), quien, repentinamente –en un acto naturalizado –te “lanza” un piropo. Sí, “lanza”, porque “lo tira”, y con eso “hiere”, aunque sea como tirar una bomba de agua. Esas palabras aterrizan en tus oídos y retumban en tu cabeza, recordándote que eres en el mundo por tu cuerpo, que por el sólo hecho de estar ahí puede ser evaluado físicamente por cualquiera. Este cuerpo que puede ser deseable o no, pero que si no es deseable es reprochado. De ahí, las palabras “se lanzan” a este objetivo y eres “una muñeca”, “una cosita rica”, “unas tetas de antología”, “unos lindos ojos”, “un cuerpo trabajado”, y un sinfín de cosas más.

No voy a discutir cuáles son las intenciones del hombre que lanza un tipo. Finalmente, pueden ser variadas y no las conozco. Lo único seguro es que quien lanza piropos cree que está bien hacerlo porque nuestra cultura así lo avala. Y ahí es donde caemos en los estereotipos de género en donde la belleza y el atractivo sexual es el rol de la mujer. En este sentido, el piropo es visto como una forma de afirmación de la mujer y su femineidad. Es como si a través del piropo se le estuviera diciendo a una mujer “estás cumpliendo con lo que se espera de ti”, “tu cuerpo está aprobado”, “eres atractiva para el sexo opuesto”. Este “reforzamiento cultural”, por decirlo de alguna manera, contribuye a que día a día las mujeres seamos educadas para ocuparnos de nuestra apariencia física como primerísima prioridad (más allá de nuestra salud, intereses, etc). Así, se perpetúa un ciclo en el que nos acostumbramos a pensar cómo me ven los otros en lugar de pensar en cómo quiero verme.

En general, cuando las mujeres recibimos un piropo, la primera reacción es de sorpresa porque te pilla por asalto. El comentario, de pronto, te recuerda que estás en un lugar de escarnio público. Luego, viene la mezcla de frustración, miedo, rabia, impotencia, desagrado, asco. Una mezcla de sensaciones en donde el erotismo no está por ninguna parte. Es como si fueras por la calle, alguien te saca la billetera de tu cartera, y que todos esperasen que le sonrías al asaltante mientras mete la mano en la cartera. Si le dices a alguien puede que la respuesta sea “es una billetera no más, para qué tanto”. Eso es el piropo: un asalto a tu autoestima, a tu cuerpo, a tu sexualidad. Palabras repentinas por medio de las cuales se refuerzan el rol sexual, la cosificación pública, y la obligación de la mujer por cumplir ciertos estándares físicos.

Déjenme ser clara: NO necesitamos y NO queremos esos refuerzos porque nos humillan, nos coartan libertades, nos reprimen, nos restringen a un solo rol, nos enmudecen.

 

*Texto editado por Camila Mella con autorización de la autora.

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