Por Camila Mella para La Rebelión del Cuerpo

 

Diariamente, los medios de comunicación nos bombardean con un ideal de belleza femenina, mientras reducen el potencial y los logros de miles de mujeres a su apariencia física. No alcanzar ese ideal es una presión constante de la cual, consciente o inconscientemente, no hay mujer que pueda huir a lo largo de su vida. Sin embargo, poco se habla de las consecuencias individuales y colectivas asociadas. Por ello, hablemos cómo la negatividad hacia nuestra imagen física nos quita la vida (y no nos damos cuenta) y por qué necesitamos una ‘rebelión’ (para recuperar no sólo nuestra vida, sino que la vida de muchas).

Hablar sobre nuestra apariencia física y las actitudes que ella nos genera oscila entre ser un tabú –sobre el cual no podemos hablar públicamente por ser un tema ‘personal’ – y un tema irrelevante – sobre el cual no podemos conversar porque hay temas ‘más importantes’ que debatir públicamente (como la política macroeconómica o las elecciones). Pero, ¿qué es lo que vemos todos los días en los medios de comunicación? Los canales de señal abierta destinan horas importantes de su programación a tratar temas de belleza femenina (entiéndase: secciones en matinales y noticieros centrales). Las noticias que se empinan en la cumbre de los rankings de lectoría tratan sobre dietas y desnudos (in)voluntarios de celebridades, y no sobre discusiones en torno a políticas públicas o elecciones. Entonces, ¿cuál es el mensaje que recibimos, querámoslo o no, todos los días? Nuestra apariencia física es lo que importa. Más aún, obsesionémonos con reducir a las mujeres a cómo lucen, y a si cumplen o no el estándar de belleza femenino.

Diariamente, vemos miles de imágenes de cuerpos de mujeres, a la vez, que nos enseñan a reducir a las mujeres a su apariencia física. No importa si se trata de la estrella quinceañera de la música, de la Presidenta de la República, o de nuestra vecina. Estas miles imágenes, no obstante, destacan un único tipo de cuerpo: uno joven, delgado, de preferencia blanco, con senos firmes, cintura pequeña y caderas contorneadas, con extremidades largas y tonificadas, sin ningún tipo de defecto físico o discapacidad. Curiosamente, éste no es el cuerpo que la mayoría de las mujeres tenemos. Precisamente es ahí donde comienza el problema.

¿Qué tipo de problema es éste? Un problema social. Nuestra apuesta es demostrar que la omnipresente presión por alcanzar el ideal de belleza femenino y la constante reducción del potencial femenino a la apariencia física son temas de interés público porque sus consecuencias son individuales y colectivas. La forma en que las mujeres somos representadas en los medios de comunicación nos afecta a todos: no sólo nos quita la vida (nuestra vida) sino que priva a nuestra sociedad de nuestras potencialidades ¿Cómo? A continuación, lo explicamos.

No podemos hablar de ‘imagen física’ sin introducir el concepto de ‘auto-aceptación’ (o body confidence, en inglés): es decir, sin referirnos a cómo nos sentimos respecto a nuestro cuerpo, apariencia, o imagen física. Distintos estudios han demostrado que cuando tenemos altos niveles de auto-aceptación (high body confidence), tendemos a ser más estables emocionalmente; y, por ende, a ser más empáticos, sociables, felices e, inclusive, a ser más productivos. Al contrario, cuando tenemos bajos niveles de auto-aceptación (low body confidence) sucede todo lo contrario: tendemos a tener problemas de salud mental, desórdenes alimenticios, conductas anti-sociales, baja autoestima, obesidad, a desarrollar adicciones (y otras conductas de riesgo), e, inclusive, a ser menos productivos.

Si bien lidiamos individualmente con la presión de alcanzar este ideal de belleza femenina, lo cierto es que ésta es una preocupación compartida. Por un lado, la sociedad en su conjunto nos dice que en nuestra apariencia reside todo nuestro valor y poder. Por otro lado, no importa cuando lo queramos, siempre quedamos ‘cortas’ ante lo que se espera ‘físicamente’ de nosotras. Ahí es cuando llegan la ansiedad, la depresión, los trastornos de alimentación, la procrastinación, y un sinnúmero de comportamientos que nos roban la vida. Si ésta es una preocupación compartida, entonces, lo que producimos a nivel social es una fuga constante de energía, y, por ende, de potencial humano. ¿No me cree? Veamos algunos ejemplos.

En 2004, la encuesta Dove Global Survey[1] reportó que un 63% declaró estar ‘de acuerdo’ con la afirmación: ‘se espera que las mujeres de esta generación sean más atractivas físicamente que las mujeres de la generación de sus madres’. En 2016, nuevamente Dove, en el ‘Reporte Global sobre Belleza y Auto-aceptación’ (Dove Global Beauty and Confidence Report, en inglés)[2] concluyó que casi el 85% de las mujeres (entre 18 y 64 años) y el 79% de las niñas (entre 10 y 17 años) encuestadas señalaron haber dejado de practicar alguna actividad importante (como unirse a un club o equipo, y participar en actividades con seres queridos y familiares) porque ‘no se sentían bien con su apariencia’.

En Chile, una encuesta realizada por Unilever (Dove) y Adimark en 2016, mostró que 1 de cada 2 adolescentes (entre 10 y 17 años) dicen ‘sentir presión por verse más bonitas’. En una encuesta exploratoria realizada en agosto de 2017 por La Rebelión del Cuerpo, el 90% de las entrevistadas señaló que ‘su imagen física afecta su satisfacción con la vida’, el 95% declaró que ‘su imagen física afecta fuertemente su seguridad personal’, y el 89% sostuvo ‘su imagen física afecta su éxito personal’.

Las cifras anteriores corroboran nuestro argumento. Por un lado, nuestra apariencia física juega un papel fundamental en la construcción de nuestra identidad personal (‘ser yo’) y colectiva (‘ser mujer’) en detrimento del desarrollo de otros talentos y capacidades. Por otro lado, la presión por alcanzar el ideal de belleza es transversal, no discriminando entre edades ni grupos sociales. Es ahí donde aparece – y nunca nos abandona – la ‘negatividad corporal’: alcanzar el ideal de belleza femenino es una tarea que nunca acaba y, por tanto, nos drena gran cantidad de energía física y mental, tiempo y dinero. Pensemos en cosas cotidianas como comparar la sedosidad de nuestro cabello con el de la modelo que promociona el acondicionador de moda, o que ‘estar más flaca’ sea uno de los mejores cumplidos que podamos oír mientras que ‘estás gorda’ el peor insulto que podamos recibir… ¿Qué pasaría si toda esa energía física y mental, tiempo, y dinero los destináramos a disfrutar y a preocuparnos de otras cosas? Probablemente llegaríamos a números asombrosos. ¿No me cree? Veamos ejemplos al azar.

Mensualmente, cerca de 10 mil personas buscan en Google la siguiente pregunta: ‘¿Soy feo/a?’. Al buscar en YouTube su variante en inglés (Am I ugly or pretty?), se obtienen más de 3 millones 220 mil resultados. Mientras en Reino Unido existen cerca de 725 mil personas que padecen algún tipo de trastorno de alimentación; en Chile hay cerca de 500 mil personas entre 14 y 30 años que sufren de anorexia y/o bulimia. Una mujer británica, en promedio, gasta alrededor de 133 mil 500 libras esterlinas (cerca de 110 millones de pesos chilenos) en productos de belleza a lo largo de su vida.

Más allá de la rigurosidad de los ejemplos anteriores – pues no conocemos estudios específicos al respecto (si conoce de alguno, por favor, compártalo) – lo cierto es que reflejan la fuga de energía física y mental, talento, tiempo, y dinero a la cual nos referíamos. Si bien es cierto que los medios de comunicación, la publicidad, y la industria de la moda y de la alimentación generan millones de pesos y de puestos de trabajo alrededor del mundo, lo cierto es que lo hacen sacrificando el potencial de las personas (mujeres, niñas) infundiendo inseguridad. Así, en jerga economicista, sacrifican el desarrollo del ‘capital humano’ de, a lo menos, la mitad de la población. Y no sólo la de esta generación ‘en edad productiva’, sino que la anterior y de la próxima. ¿Es esto sostenible de alguna manera? ¿Qué pasaría si dejásemos de dedicar nuestra energía física y mental, tiempo, y dinero a cultivar ‘nuestra apariencia’ como prioridad y comenzáramos a cultivar otros aspectos de nuestra identidad?, ¿Qué pasaría si comenzáramos a enseñar – y a practicar – que valemos por lo que hacemos y no por cómo nos vemos?

Desde La Rebelión del Cuerpo, queremos contribuir en hacer público este círculo vicioso. Sin embargo, sólo hablar no nos llevará muy lejos. Nuestra apuesta, entonces, es educar sobre auto-aceptación y a trabajar por una legislación que regule la promoción de estereotipos de género que denigren y/o objetivicen a las mujeres, junto con estilos de belleza poco saludables. Debemos romper el statu quo de cómo las mujeres somos representadas en los medios de comunicación. Rebelión, le llamamos, porque queremos generar un cambio social. Rebelión, le nombramos, porque este cambio es también político. Rebelión, le bautizamos, porque es hora que entendamos que la aceptación de nuestro cuerpo es una pieza central para promover el empoderamiento femenino y la equidad de género. Rebelión, queremos, porque una sociedad libre de estereotipos de género es, también, una sociedad más justa.

Ya es hora que la ‘negatividad corporal’ no nos siga robando nuestra vida.

[1] Que incluyó a más de 3 mil mujeres entre 18 y 64 años de 10 países diferentes: Estados Unidos, Canadá, Reino Unido, Italia, Francia, Portugal, Holanda, Brasil, Argentina, y Japón.

[2] Que incluyó a 10 mil 500 mujeres de 13 países diferentes: India, Estados Unidos, Reino Unido, Brasil, China, Japón, Turquía, Canadá, Alemania, Rusia, México, Sudáfrica, y Australia.

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  • Ximena Alvarado San Román dijo:

    Me parece un tema muy interesante de compartir, y creo que es de vital importancia para todas las personas, tanto jóvenes como adultos, de ambos sexos, de cuidar nuestro cuerpo no solo por la parte externa o física, que lo cuidamos para que dure mucho tiempo, si no por cuidar la belleza interna donde esta la parte de la mente, el raciocinio si no para cuidar nuestra espiritualidad que nos hace grandes y diferentes entre las personas. Y así no perder nuestra energía vital que nos mantiene vivos aquí y ahora.

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